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«Ladridos en la Noche», 2º capítulo, 2ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

—Don Fabián, tengo aquí a la madre de Julio Medina, que desea hablar con usted.

Al interfono, las palabras de la joven han sonado tensas. El catedrático domina los matices e inflexiones de la voz, sobre todo si esta pertenece a alguien con quien trabaja. Es por ello que don Fabián de la Torre da por cierto que la inesperada visitante está frente a su secretaria. Ahí fuera, tras la puerta, a diez metros. Del mismo modo, el hombre tiene la certeza de que su voz va a resonar por el auricular de la secretaria y, por tanto, que será perfectamente audible para la buena señora. Es por esa razón que se concede un larguísimo mutis antes de emitir respuesta.

—¿Don Fabián? — insiste la secretaria, consciente del pulso que se desarrolla entre los ojos de la madre y los oídos de aquel que no puede ver en este momento, pero cuyo engorro imagina a la perfección al otro lado de la puerta.

Don Fabián se toma unos escasos segundos para recomponerse e imaginar qué puede pretender una señora de orden acerca del devenir profesional de su hijo, sometido a su docta dirección. Se plantea la peregrina posibilidad de fingir jaqueca o excusarse de un modo u otro. Los largos años en el desempeño del cargo dan soltura y maestría en la mentira y la larga cambiada. Y así lo hubiera hecho, sin la menor duda, si la buena mujer hubiera llamado por teléfono, como suele hacer con quien busca un incómodo cara a cara con su excelencia. Pero plantarse ahí, en la puerta, de sopetón, sin anunciarse… Dos segundos eternos para pensarse el discurso y oír el propio resuello al interfono.

—Dígale que pase, Cinta… Pero que tengo apenas cinco minutos.

Don Fabián cuelga para asegurarse de que el suspiro de fastidio no pueda ser oído. Después, se levanta del estiloso sillón situado frente a su mesa de trabajo. Hábito antiguo, pero certero. Si recibe sentado, tendrá que invitar a la señora a tomar asiento. Él es todo un señor y tal es la fama que le precede. Y un señor no quiebra nunca las reglas de la cortesía: dos personas hablan a la misma altura, siempre que sea posible. Claro que es compatible ser catedrático de Historia del Arte — una persona especialmente refinada — y a la vez perro viejo en ciertas cuestiones de la vida. Si se ve obligado a ofrecer asiento, existe la posibilidad nada remota de que la señora tome posesión del lugar y de su tiempo, de que se encole a la silla y se atornille a sus brazos, y de que don Fabián no encuentre un modo educado de despedirla. Pensamientos todos que vuelan ahora por la cabeza de un elegante profesor, más experimentado que viejo, que se ha levantado, se ha encajado el atuendo, y se ha retocado el nudo de la corbata, para estar a dos pasos de la puerta cuando esta se abra para dar paso a una visita imprevista y sus previsibles incordios.

—Buenos días, señora… O, mejor dicho, buenas tardes — dice el profesor con la más social de sus sonrisas, ofreciendo su mano derecha —, ¿en qué puedo serle útil?

***

—Esteban, ¿cómo va la cosa…? Vale, vale… ¿Yo? ¡Cuando pueda! Ya sabes, aquí sigo, ancá la Pepi…

Juani interrumpe la conversación telefónica, y busca asiento en la cocina. Es pequeña. Al fondo, sobre la encimera, un frasquito de conservas de verduras da agua y cobijo a una florecilla. Vista desde la puerta, a contraluz, hace bonito, la verdad.

«Estos son los detalles del Julio… Trae a mal traer a su madre, pero luego la compensa».

La verdad es que Juani hubiera preferido que le dejaran algo que hacer. Los minutos pasan, y el tedio es mortal. Ella precisa de faena, actividad. Con sentido o sin él. Y si no hay nada, se lo inventa. Felizmente, no será preciso ponerse a limpiar sobre limpio: un profundo gemido suena al fondo del piso, reclamando su atención.

Acude la anciana a remediar la causa del gemido. Dos pasos escasos para recorrer un hogar y llegar a una conclusión: qué pocos metros y qué bien puestos. Por otra parte, la inspección termina pronto; tampoco hay mucho donde mirar. Ahí están los retratos: la Luci y la Chari, la Pepi de joven — hace mucho que no se deja fotografiar —, el Julio, por supuesto, y la Puri de chica. La anciana se sonríe, pensando en el que falta. Al largarse hace años, dejando a una familia en precario, no dejó ni hueco para un retrato. El gemido se acaba de tomar un descanso, permitiendo a la visitante detenerse un minuto con las fotos. Lucía nació cabreá; así la trajo su madre al mundo y, por si alguien tiene dudas, consta hasta en su carné de identidad. La Chari, a su lado, es la otra cara de la moneda: fue ver la luz del día, y ponérsele la sonrisa. Y así, desde entonces. La pobre de la Puri venía malita de nacimiento, y solo hizo una foto en condiciones de muy chiquitita. Y ya no quiso Pepi que le hicieran más: parecía mala leche o cachondeo. Y por fin el Julio, la adoración de la madre. El que tiene más fotos por la sala. A lo mejor, es eso lo que le pudre la sangre a la hermana.

«Qué enrevesás que son las cosas de una familia, coño…».

Luego, Juani repasa las paredes. Marcan un agudo contraste con lo habitual en el vecindario. Muy temprano en su vida como profesor de Historia del Arte, Julio vació la casa de cuadros mediocres, para decorarla con láminas que, según le decía a su madre, eran copias de cuadros famosos. «Mira, Juani; esto es una Madonna de Rafael…», decía Pepi extasiada. Y Julio sonreía al fondo de la sala, mientras escribía algo en el portátil. «¿Y quién es este chaval con flores y fruta?», preguntaba Juani, señalando otra lámina. «¿Quién es, Julio?», transmitía Pepi la pregunta a su hijo. Y este sonreía otra vez, levantando la mirada de su trabajo para decirles, sin dárselas de nada: «es una copia de un cuadro de Caravaggio; a estos chicos, en Arte, los llamamosragazzi, que significa justamente eso: chicos, o muchachos, en italiano».

Nuevo gemido; ya no hay excusa. La mujer abre la puerta de la habitación que se concibiera en su día como dormitorio de matrimonio. Dentro, dos camas individuales se extienden en paralelo. La de Pepi queda junto a la ventana. Aquí, junto a la puerta, se sitúa el origen de los gemidos. El olor de la habitación es fétido, insoportable. Pero nada arredra a Juani; lo conoce bien desde hace tiempo. Para trabajar con Puri, lo primero es abrir la ventana de par en par. Y, después, respirar con la boca, evitando el paso del aire por la nariz.

«Hoy por ti, mañana por mí…».

Juani repite el mantra de la solidaridad de los barrios, mientras repasa las técnicas de asistencia a los discapacitados severos. A pesar de que no le quedan muchas neuronas en buen estado, Puri la ha reconocido: la impedida muestra algo parecido a una sonrisa. Juani se dispone para el cambio de pañal y el aseo completo. Un buen rato de trabajo.

Concluye la tarea, al fin. Aprovechando que el aire por fin es respirable, la mujer se sienta sobre el borde de la cama de su amiga, enfrente. Resuelve reconocer a Pepi lo obvio: la hazaña de hacer a diario lo que ella acaba de hacer por un día, y que la ha dejado exhausta.

«Imagínate, Juani: un día, y otro, y otro… Sin ilusión o expectativas… Y sin que se le caiga la sonrisa… Manda cojones, coño».

—Te dejo, guapa; ya estás limpita. Te pongo en marcha otra vez la bomba de nutrición.

Juani abandona la habitación y se dirige al salón, a la espera. A la izquierda de los dormitorios de los demás, más allá del baño, está el cuarto de Julio. La puerta está cerrada a cal y canto. Así lo exige su dueño. Y así se lo respeta la madre y se lo impone a las hijas. Nadie se adentra en el sagrado espacio de Julio, ni husmea entre sus cosas. Él vive en un mundo aparte y respira un aire diferente.

«Mira, ahora que no hay nadie — salvo esta pobre de ahí dentro —, podría entrar a echar un ojo…».

No se atreve. Toca el pomo de la puerta, y retrocede. Delito de lesa traición a la confianza otorgada. Si no lo hace ni su madre, ¿cómo se le va a ocurrir a ella, que solo vino a hacer un favor…? Se siente culpable solo por haber coqueteado con la tentación.

Suena al fin una llave en la puerta.

«Por fin, alguien con quien hablar…».

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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