fbpx

Doce Hombres sin Piedad

¿Es usted aficionado al cine clásico? Si es el caso, estoy de enhorabuena; compartimos afición. Si no lo es, me veo en el forzoso deber de hacer proselitismo, apostolado o reclutar adeptos.  Porque es sorprendente lo que progresa la técnica y lo poco que progresan las cuestiones éticas o morales. Y para replantearnos nuestra miseria moral – permítaseme la reiteración -, nuestras bajezas, nuestras íntimas traiciones, nuestras inconfesables vacuidades y, por otro lado, nuestras minúsculas grandezas, imperceptibles hazañas o cotidianas heroicidades, nada mejor que el cine clásico. Y ya si en el cine clásico metes o versionas el teatro clásico, tipo Tío Vania, Macbeth o Ricardo III, encuentras todos los motivos – todos – para hacerte el casolón impenitente, el ser antisocial en que me voy convirtiendo progresivamente.

Pero yo no iba a eso. Iba a recomendar una peli de cine clásico, «Doce Hombres sin Piedad» que, justamente por haber sido realizada en un lugar tan despiadado como los Estados Unidos de la posguerra, merece una mención aparte. Porque los doce hombres sin piedad no son tales. Buena parte de ellos demuestran más capacidad de piedad y compasión de lo que uno piensa en los primeros minutos del metraje. Sólo necesitan un liderazgo – magistral Henry Fonda – y un punto de reflexión. El preciso para cuestionarse una culpabilidad asumida por todos y retirar a un probable inocente del corredor de la muerte. Pero yo tampoco quería hablar de esto. Es una peli maravillosa, que dejo ahí para que el que quiera se la vea – o se la revea – y la disfrute. Voy a otra cosa.

En estos días he estado demasiado ocupado con los avatares de la profesión médica en mi país y en mi comunidad autónoma. Motivos tengo, desde luego. No es que olvidara empero el gravísimo contexto macroeconómico que atravesamos. Es que pensaba que todo ello tiene quien le escriba mejor y de modo más informado. Yo lo que puedo añadir es un sentimiento, un grito de dolor. Que no es muy diferente al que ya han dado otros.

Retomando la peli que da idea y nombre a la entrada, creo que es nuestro pobre país el que está sometido a juicio en este momento. Y creo igualmente que tiene delante un jurado mayoritariamente hostil, que lo tiene condenado de antemano a la ineficiencia, a la pobreza, a la corrupción a todos los niveles y a la desesperación. Leer los periódicos estos días, ver las noticias, entrar en Internet no es sino asistir a los primeros minutos de «Doce Hombres sin Piedad»: culpable, está claro, vayamos a otra cosa. Pero yo soy médico y he visto la cara de la gente. Conforme me enseñaron mis mayores, les he preguntado:  «¿Qué le pasa?». En los últimos cuatro años viene a ser relativamente frecuente que no refieran un síntoma concreto. Lo que les pasa es que los han echado del puesto de trabajo. O, si no a ellos, es a un hijo con un hipotecón y niños a su cargo a quien han puesto en la calle. O los han desahuciado, o han tenido que cerrar un negocio – una vida – de treinta años, poniendo en la calle a tres, cuatro criaturas – tres, cuatro familias; unas pocas de vidas -. Eso es lo que les pasa. Eso es lo que nos pasa a todos. ¿Es ésa la cara del reo condenado de antemano al pasillo de la muerte social, del estado fallido?

Me rebelo; quiero un Henry Fonda. Que lo busquen y si no, que lo inventen. Que a los fans del cine clásico americano nos gusta que las pelis acaben bien, que «Matar a un Ruiseñor» siempre nos dejó un regusto amargo. Que nos hace falta un Cincinato que salve a esta res pública, por muy coronada que la mantengamos – hasta ahora -. Y que esto no es una invitación al golpismo o al autogolpismo, que pueden mantenerse las garantías constitucionales y los procedmientos contemplados por la legalidad vigente.

Señor Rajoy, que sabe cómo está el patio y cómo se nos va a poner en semanas, que no meses… Señor Rubalcaba, que sabe ídem de lo mismo y que tiene una dilatada hoja de servicios y conocimiento de los mecanismos íntimos del Estado… Estamos en un brete… Estamos en el «Ser o no Ser» del genial Lawrence Olivier interpretando a Hamlet. Salgan, pues, de las dudas con las que el personaje pasa a la historia universal del teatro. Necesitamos «Doce Hombres sin Piedad». Doce hombres – y mujeres – justos. Doce personas nuevas, de los dos partidos mayoritarios o de algún partido más, más alguna que otra incorporación de la administración o de la empresa. Doce personas que lo hayan demostrado todo y más, doce historiales inmaculados, rebosantes de honradez personal y de servicio al bien común. Doce personas fuera de toda sospecha, sin ligazones extrañas a familias, grupúsculos, camarillas, facciones o banderías. Doce personas para hacer un gobierno de salvación nacional, para dirigir un acuerdo amplio y estable para atravesar este dificilísimo periodo, para hacer y para explicar – fuera y dentro – que lo que se hace realmente es por el bien común. Doce personas para promover un cambio constitucional, una verdadera inflexión sin miedo a caminar ni a que se rompan todas las costuras. Que, según la evaluación de la situación, puede ser una modificación de la Carta Magna en vigor o la redacción de un nuevo texto, asumiendo todos los azares de un período constituyente. Doce personas sin piedad con la partitocracia y sus derivas corruptoclientelares. Doce personas sin piedad con la falta crónica de transparencia como método de gobierno. Doce personas sin piedad con la escenificación de la peleílla parlamentaria que acaba luego en pacto de copichuelas dos calles más allá de la Carrera de San Jerónimo. Doce personas que retomen el espíritu de los redactores de la Carta Magna en vigor, desarrollen una reflexión crítica, oigan a todos y después a saco. A saco con lo que hay que entrar, ojo. Que para ir a saco con los pobres de siempre ya hemos tenido a los políticos tradicionales.

Sé que esas doce personas existen y las tienen por ahí encerradas. Para que no píen ni actúen. Porque son molestas. No están en el Parlamento, donde reina desde hace mucho tiempo el manso silencio de los corderos. Triste resultado del voto a listas cerradas y de la consecuente deriva a mediocre y corrupta de nuestra clase política. Pero sí están en todos los partidos, jodidas, ninguneadas, apartadas… Con más formación y currículo que cualquiera de la banda de pelotas y ninis blindada cómodamente en sus sillones, paciendo tranquilamente como vacas en el prado. La vergonzosa cuadrilla que es absentista hasta para ir a apretar el botón en su escaño. Escaños que estarían mejor ocupados por culos más inquietos. Los de los expulsados del paraíso por no haber querido aceptar ser expulsados de sus conciencias. Es a ellos a quien tenemos que recurrir. Porque este país tiene gente y riqueza. Tiene capital, genera calidad – y más que puede generar – y, en consecuencia, puede vender. Este país puede ser un lugar de futuro. Para sus hijos y los míos. Para todos nosotros.

En una entrada reciente, ofuscado tal vez con la negrura de la situación, escribía yo algo como esto: «Tal vez sea porque los pueblos condenados a cien años de mal gobierno tengan que expiar una arcana maldición bíblica vagando por el desierto de la corrupción y el clientelismo antes de permitírsele la entrada en la tierra prometida del bien común, la racionalidad, las primeras velocidades y otros paraísos lejanos prometidos por un Dios ignoto en la montaña de Bruselas a unos cada vez más lejanos padres de la patria.» Hoy, sin embargo, no quiero suscribir mis propias palabras. Me parece cruel y determinista, además de profundamente falso. Me parece una renuncia inmoral, una reprochable negligencia que hace una generación que se encoge de hombros y acepta su destino entristecida, diciendo «estoy es lo que hay, que no hay quien lo cambie». Hocicar o largarse, como he escrito en otra de mis entradas. Porque ningún pueblo está condenado a cien ni a mil años de mal gobierno. ¿Quién dicta esas condenas en nombre de quién? Los pueblos escriben su destino mucho más a menudo de lo que marcan sus circunstancias sociales o económicas. Buenos días, mundo. A levantarse tocan, que hay faena. Y mucha.

Claro que puestos a no tener piedad, uno empieza por uno mismo. Es lo decente. Léaselo en una novela en descarga a un sólo click.

6 thoughts on “Doce Hombres sin Piedad

  1. Federico Relimpio says:

    Gracias por tu ánimo y el interés. Lo fundamental es, de entrada, mantener en funcionamiento un nivel civilizado de intercambio, en abierto, que permita hacer saber bien arriba que existe sustancia gris donde se espera entusiasmo y receptividad (¿Es muy duro decir obediencia?). Mi novela tuvo quien la escribiera – yo, claro está -, pero ya tiene quien la edite – ANANTES CULTURAL. Está fuera de Internet por cesión de copyright y la tendréis disponible en muy, muy breve, tal y como van las cosas.

  2. María José says:

    Estimado Federico: He encontrado tu blog hace poco y estoy disfrutando leyendo tus entradas antiguas.
    Para que cambiemos algo, también en nosotros mismos son necesarias dos cosas:1ª, que pensemos que el cambio es bueno, necesario o pertinente y 2ª, que pensemos que es posible.
    En los últimos meses ando dándole vueltas a cuáles son las barreras que hacen que (hablando de nuestro entorno laboral)los profesionales en la sanidad andaluza no se muevan ante la que nos está cayendo. Una de ellas es un pensamiento perverso: "el cambio sólo es posible si nos movemos la mayoría, sólo es útil que yo me mueva si lo hace la mayoría" Es como eso de cuando le invitan a uno a una fiesta y pregunta "¿quién va?" para decidir si asiste o no. Pero no es cierto ese pensamiento: ningún cambio ha empezado en la historia por una mayoría. Grano a grano se llena un granero. Dí que vas a la fiesta que ya se apuntarán otros.
    Creo que debemos promover otra acción: manifestar de forma clara, pacífica y constructiva que estamos por el cambio(el pensamiento que no se expresa parece que no existiera)y unirnos al de al lado (aunque seamos dos)
    Tranquilidad y paciencia unidas a resistencia. Favoreciendo redes y apoyando de forma visible las iniciativas de otros con las que estés de acuerdo.
    El cambio es posible y ha empezado ya. Tú con tu blog contribuyes mucho. Gracias.
    Pdta: Por cierto todavía no he encontrado tu novela en el enlace que ofreces y tengo interés en leerla.

  3. Federico says:

    Yo creo que el cambio empieza realmente en cada uno de nosotros. Porque cada uno de nosotros tenemos doce hombres sin piedad ejerciendo una serie de prejuicios y de inercias en miles de juicios que tenemos a diario contra esto o contra lo otro. Y precisamos alzar ahí dentro un Henry Fonda vigoroso que ponga orden, sopese y pondere. Y nos permita ver cierta luz. Que puede que no sea la luz – ¿Dónde está eso? -,pero sí que es "nuestra luz". La suficiente para alzarnos y pedir explicaciones. Y perder el miedo.

  4. Consu says:

    Y tan chungo. Solo de pensar en la Gran Guerra y la ruina de Alemania, me he puesto verde y es un color que no me sienta. Pero Federico, tampoco se si encontraríamos a alguien capaz de hacer reflexionar a los 12 hombres sin piedad, en una época sin reflexión, sin tiempo para pensar, con sobresaltos continuos… y presionado por tantos y tantos mediocres, corruptos y envidiosos. Ojalá tus hijos no lo sufran pero ya te lo puedes proponer firmemente. Yo me propuse que mis nietas fueran mejores que mis hijas, conformistas y mediocres, y no lo voy a conseguir. Los jóvenes hoy, no tienen metas. Reflexionan poco, no se comprometen, ….. Cuando encuentres al líder justo, sensato y honrado, me avisas.

  5. Federico says:

    Chungo lo pones. La derrota de Alemania en la Gran Guerra fue la base para una terrible tragedia, tema madre y capital de todas las pelis del mundo mundial. Me quedo, como alternativa, "Lo que el viento se llevó". A ver si viene algún viento y se lleva a toda esta gente y vienen tiempos nuevos, con gentes nuevas, controladas de otro modo. "A Dios pongo por testigo que mis hijos no sufrirán el paro, la mediocridad, la corrupción y el nepotismo que caracterizaron a la Andalucía imparable!"

  6. Anónimo says:

    Ya puestos a hablar de películas, Federico… Seguro que has visto "Sin novedad en el frente". ¿Recuerdas al cabo, aquel que se aprovechaba de su posición para abusar de los reclutas en la Academia Militar del Reich?¿Recuerdas que los reclutas se pusieron de acuerdo y lo apalearon? Acabó en el frente, pero no por la denuncia de los reclutas, sino porque "Se metió con el hijo de alguien importante". Y para más inri, con un comportamiento impropio, abandonó la línea del frente, por lo que lejos de ser fusilado como dictaban las ordenanzas… ¡Le condecoraron! En este nuestro frente Oeste particular pasa lo mismo. Los culpables condecorados, y el resto cayendo como moscas, en el Somme, en Ypres, en Verdún, Cambrais… Me da igual como lo quieras llamar. Acabar, acabará esta guerra, y puede que para España acabe siendo como fue el final de la Gran Guerra para Alemania, con el Káiser saliendo por patas por la puerta trasera dejando un país en la ruina más absoluta y teniendo encima que pagar unos costos de guerra injustos e inasumibles. Necesitamos reescribir nuestro destino YA, que aún estamos casi a principios de la guerra, y que lo gordo no ha llegado aún. Antes de que lleguen los tratados de Versalles… O algo peor.

Comments are closed.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error

¿Te gusta esta web? Suscríbete y difunde