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Del Tabaco y Otras Cosas.

Verán, no paro de darle vueltas al cigarrillo. Y no es que fume, que no lo hago, es que el asunto me trae de cabeza. O de pulmones. O de cuerpo entero. Desesperábase el otro día en El País nuestra Almudena porque, fumadora confesa (http://tontosantajusta.blogspot.com/2011/01/la-ultima-bruja-cazada.html), decíase acosada y sentía roto su particular ecosistema. Y a mí que el tema me pone a cien por todos los motivos: como médico, como defensor de las libertades individuales y como defensor de las iniciativas del buen gobierno.
Miren, que lo primero lo tengo fácil y por ahí no entro. La evidencia de la malignidad del cilindrín es tan aplastante que sólo falta estampar el triple seis o el macho cabrío en cada cajetilla. Vamos a otra: la libertad individual, que es uno de mis favoritos – repásese tema tras tema de este blog -. Y ahí viene al pelo la filípica de nuestra Almudena (http://www.elpais.com/articulo/ultima/Fumo/elpepiopi/20110110elpepiult_1/Tes).
El tabaco se hizo hábito masivo tras la Primera Guerra Mundial. El cigarrillo – el Camel – se distribuye ampliamente a los pobres soldados condenados a padecer meses de trinchera, humedad y frío. Hollywood hizo el resto – “fumar es sexy” -. La liberación femenina vino de la mano del cigarrillo -¡Ay, pobres mías! -. Tras la Segunda Guerra Mundial el no fumador era un raro. Pero dos décadas después, la evidencia médica estaba ahí. Y las primeras salidas en falso, también: que si el rubio, que si el light, que si el bajo en nicotina… La misma mierda, más o menos. Pero eran una gran mayoría. Entonces no hablaban de libertad. Entonces el raro, el no fumador, que se fuera, que buscara aires puros. Si quería estar, ya sabía lo que había. El poderoso nunca se da cuenta de su prepotencia, de su dictadura. La ve simplemente normal y lógica. Eso era un fumador en 1962 en un club a las dos de la madrugada.
Desde entonces la marcha ha sido dura. La evidencia científica ha sido repetidamente negada. Los lobbies han usado su maquinaria implacable una y otra vez. Pero han ido perdiendo terreno, poco a poco. Porque vendían veneno, y ellos lo sabían. Y llega por fin el momento en que la mayoría otrora opresora se convierte en minoría. Y, mira tú que bien, se siente acosada y perseguida. Y grita, como Almudena: “¿No hay mejores prioridades? ¡Mirad a otra parte! ¡Dejadme tranquila!” Y dice, como Almudena, que la norma es absurda. Y habla de la “armoniosa coexistencia de intereses que imperaba en los aeropuertos”. Pero me pregunto qué pensarán miles y miles de no fumadores acerca del estado de cosas en los aeropuertos hasta ahora. Yo no lo describiría de un modo tan idílico. Como no fumador, lo definiría simplemente “aguanta el pestazo a tabaco del tipejo de al lado, porque no hay más narices ni otro método de zafarte”. Ignoro si hay otros que piensan como yo, porque nadie se ha tomado la molestia de preguntarnos. Tampoco sé si nuestra insigne escritora tiene datos que le permitan sacar tan hermosas conclusiones de sus experiencias aeroportuarias.
Por decirlo de modo que se me comprenda y siendo breve, iré al grano. Voy a volver al club madrileño de 1962 y a las dos de la madrugada. La mayor parte de los que pueden leer esto son muy jóvenes; pero los que pueden recordar aquella época, me dirán si atino o no. Un local cargado a tabaco, como todos entonces. La barra del bar. Los amigotes muertos de risa. Me acerco. Cuentan chistes. Aguzo el oído. El primero va de gays – entonces se les llamaba de otra manera -. Y el segundo de mujeres. Aún  De quedan barras de ésas en este país. Pero afortunadamente no están de moda. No son, lo que se dice, políticamente correctas. ¿Por qué? Es evidente… ¿No? Pues fumar también me carga… ¿Que no lo ven tan evidente? Les pongo otro ejemplo. Supónganse que estamos en el mismo bar. Y nadie cuenta chistes fáciles con carga ofensiva. Y fuma el que quiere. Y entra un tipo con un radiocasete a todo volumen… ¿Usted qué piensa? “¡Oiga, un poco de respeto!” “¡Pues eso mismo le digo yo a aquél!”, dice el del aparato al fumador. En fin, podría seguir toda la noche. Que eso de la coexistencia armoniosa son palabras fáciles de escritora, señora. De escritora fumadora, claro.
Y me voy a la tercera, la defensa o la crítica del buen o mal gobierno. Pienso que el tabaco es un veneno, un mal histórico, un tóxico a eliminar de nuestras sociedades. Y que el buen gobierno debe tender a su erradicación como si de la polio del sarampión se tratase. Que la iniciativa actual es buena en tanto en cuanto que protege al no fumador, sea cliente o trabajador de la hostelería, y que la caza de brujas, si se interpreta por tal, nunca tuvo mejores criterios científicos de salud pública. ¿Qué chirría aún? Incoherencias, inconsistencias… Parte lo señalaba la propia Almudena en su diatriba: entonces… ¿Qué hacen ahí los estancos? ¿Cómo una concesión estatal administra un tóxico, un veneno, una amenaza para la salud pública? Si un abogadete tuviéramos con ganas de guerra, lleva esto al Supremo o a Estrasburgo, y se tienen que cerrar los estancos. Segundo: ¿Cómo puede lucrarse el estado aún con la venta del tabaco?
La realidad del tabaquismo es tal que no caben medias tintas. A falta de la prohibición total de su fabricación, distribución y comercialización – lo que sólo podría hacerse a escala europea -, podríamos ir ya cuestionando eso de la libertad individual para ir hablando pura y simplemente de mortífera adicción, e ir poniendo los medios para ayudar en masa al elevado porcentaje de la población que podría abandonar el hábito maligno. Para muestra, un botón: ¿Alguien habla de libertad individual para referirse al consumo de cocaína o heroína? Pues el tabaco es exactamente lo mismo: uno de los grandes tóxicos legales del siglo XX y XXI a extirpar con las acciones de gobierno decididas.

3 thoughts on “Del Tabaco y Otras Cosas.

  1. Anónimo says:

    Soy el anónimo 1. Se agradece el detalle del cambio de fondo y la letra en negro. Esto es otra cosa. Ahora ya puedo opinar sobre tu post. Estoy contigo en ciertas cosas: fumar puede matar (realmente, vivir puede matar, es decir, practicar deporte de riesgo o no, comer aditivos cancerígenos, trabajar en un ambiente de stress, contagiarme de enfermedades infecciosas de otros, etc. )y, efectivamente, es una absoluta falta de respeto obligarnos a los no fumadores a tragarnos humos ajenos. El problema es otro. Esta Ley está hecha con los pies y parece que su objetivo es crear la confrontación. Si de verdad hubieran buscado otro objetivo, 1º: debería haberse puesto en vigor de cara al verano, con las terrazas agradables. Cuando llegara el invierno, todo el mundo estaría concienciado. 2º: Es una Ley que supone un cambio MUY radical en la costumbre española. Se han defendido los derechos de los no fumadores, pero han excluido de todo derecho a los fumadores, sin capacidad de elegir. 3º: Una Ley como esta es una absoluta hipocresía teniendo en cuenta la legalidad del tabaco y el aumento de puntos de venta. 4º El tabaco, como planta, no es tan perniciosa. Lo pernicioso es todo lo que meten las tabacaleras que nadie controla. RESUMEN: La ley es una chapuza

  2. Angel says:

    Creo que le das demasiadas vueltas al club nocturno del 62, la gente tiene que entender que hay libertades de eleccion, si quiero fumar fumo, si no, no me obliguen a hacerlo, nadie prohibe fumar, solo prohiben que obliguemos a los que no quieren envenenarse a hacerlo. Muchos fumadores estan dandose cuenta en solo 2 semanas de los beneficios del aire limpio y de llegar a casa con la ropa oliendo como mucho a sudor si bailaron mucho en la discoteca. Llendo a tu año señalado, traslada el escenario a una habitacion de hospital en la que dos fumadores conviven, uno sin un pulmon por culpa del tabaco y otro por cualquier otra dolencia, a ver si le pediria el del pulmon al otro que no fumase, porque por aquel entonces, se fumaba en las habitaciones de los hospitales.

  3. Anónimo says:

    El leer tu letra blanca sobre fondo negro me ha dado dolor de cabeza y visión doble. Gracias, doctor

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