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De Saltamontes al Gran Maestro: ¿Hay Futuro para el Periodismo?



Querido Gran Maestro.
Me das aviso de un artículo de prensa donde se defiende una cierta manera de entender el ejercicio práctico del periodismo, basada en el compromiso con la búsqueda de la verdad, en la valentía frente a los poderosos y en la capacidad efectiva del periodista para hacer valer sus puntos de vista resultantes de un arduo trabajo de investigación. Cualquier persona decente la compartiría. Solo tiene un problema: en la práctica, en la inmensa mayoría de los casos, es falsa.
Por partes.
  1. Es muy fácil torear de salón, desde un púlpito, con una audiencia integrada por jóvenes profesionales que han pagado una matrícula  de máster muy cara con la expectativa de trabajar en un determinado medio de comunicación. Te invito, sé que te gustará la idea, a compartir alguna cerveza en malas compañías, con los ‘diggers’, los indeseables del grupo de los cavadores de trinchera, sonados ya para siempre por el fuego de mortero. Esos sí que te hablarán de periodismo. O, al menos, de otro periodismo.
  2. El periodismo es un oficio industrial, no intelectual. Eso lo tenían muy claro maestros como Kapuszinski al hablar de los ‘media workers’. O Montanelli, al definirse como ‘solo un periodista’. Ello es tan así que, fíjate, las facultades de Periodismo existen porque los primeros grandes capitanes de la industria (los Hearst, los Reuters, los Pulitzer), necesitaban mano de obra homogeneizada, adaptable a una cadena de montaje bajo criterios comunes, intercambiable. Eso empieza a ser así desde la Guerra de Crimen y la expansión del telégrafo, que creaba un nuevo puesto de trabajo: el corresponsal. Antes de eso, el periodismo era un mercenariado a sueldo de la miríada de partidos políticos propios de la eclosión del parlamentarismo del siglo XIX y, antes, fanzines artesanos íntimamente ligados a la libertad de expresión, que surgen, precisamente, en la época de la Revolución francesa y brillan en alguno de sus epígonos, como la revuelta de la Comuna de París. Una vez que el periodismo se consolida en ese contexto, el mercado sigue a la difusión: llega la financiación a través de la publicidad, complementando a los ingresos del mecenazgo financiero y político. Ahí se encuentra el origen del relato mitológico del oficio: la vida noctámbula, la ausencia de horarios, las compañías poco recomendables, la rebeldía frente al poder, el punto de marginalidad propia de los artistas tal como se entendía en tiempos de Baudelaire.
  3. La tragedia consiste en que actualmente ese mito pervive y la misma profesión lo alimenta, entre otras razones, debido a que ni las empresas informativas ni los periodistas han sentido la necesidad de cambiar: hoy por hoy, el relato aceptado como válido sobre las señas de identidad de la profesión es en esencia el mismo que el del siglo XIX y primera mitad del siglo XX. No se ha cambiado porque la sociedad no ha pedido, hasta hace muy poco y de manera traumática (hundimiento del mercado y colapso del modelo de negocio), que los medios cambien. Eso explica la indefensión del sector, en general, ante el tsunami de cambios culturales y tecnológicos.
  4. Eso que se ha dado en llamar buen periodismo no es otra cosa que el alineamiento de una empresa de comunicación con unos intereses concretos y no con otros. Eso no es malo. En eso consiste la libertad de prensa. Hoy, ese alineamiento es mucho más borroso que en los viejos tiempos. ¿Por qué? Pues porque las empresas han tenido que alinearse con todos los intereses de su entorno; no con algunos. Con todos. Ergo, no hay Némesis que invocar, no hay contrarios, no hay mal que desenmascarar, ni poder político que controlar, si la empresa mediática no se alinea con un pool de intereses concretos. Esos intereses pueden ser los de la ciudadanía; siempre que la ciudadanía respalde el negocio de las empresas que construyen los relatos mediáticos. Y eso, hoy por hoy, tampoco ocurre. ¿Respaldan las empresas a sus periodistas? En general, no. Y eso es lo que explica que el producto mediático cada vez sea más inane, aburrido, aguado: los periodistas de base, los que pescan historias, no se mojan porque no se sienten respaldados por sus cadenas de mando. El periodismo de investigación, en general, no existe: sólo existen las filtraciones de grupos de interés a las empresas alineadas con esos intereses.
  5. ¿Qué nos queda? Las personas, Maestro, las personas. En términos prácticos, mientras los productos mediáticos que se elaboran  empresas lo tienen muy difícil para taponar la sangría de credibilidad, las personas sí pueden ser creíbles, si quieren. Y pueden inducir, en alianza con el público, un nuevo modelo de negocio. Eso es la marca personal del periodista: su trabajo, su capacidad analítica, su compromiso con una cierta manera de entender el mundo, su habilidad de selección para construir relatos veraces. Y, como apenas puede construirse eso dentro de las empresas que nos dan de comer, todo eso se está construyendo, fundamentalmente, en un territorio nuevo: Internet.
  
Gracias por tu interés, Maestro, en mi oficio, al que quiero de verdad.
Abrazos.
Saltamontes.

2 thoughts on “De Saltamontes al Gran Maestro: ¿Hay Futuro para el Periodismo?

  1. Federico says:

    Muchas gracias… Si te gustó el libro, coméntalo. Creo que los valores merecen la pena. Federico

  2. Anónimo says:

    Hoy por hoy, el periodismo, al igual que la medicina son objetos de consumo. No tratan de erradicar el problema, no les interesa. Pero si muchas enfermedades, como la gripe de hace unos años, se las inventan.

    Por cierto, el libro K.O.L me encantó, sobre todo porque es sincero y te nace de dentro.

    Un saludo

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