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Cuarenta Años de Rabia (II): Los Laureles del César.

Tengo que confesarlo, me descubro ante Felipe González. Mi admiración corre pareja con mi antipatía. Y créanme, no son incompatibles. No en vano, Rajoy le calificó en una reciente entrevista como “gigante de la política”. No se preocupen, no voy a osar siquiera hacer un análisis del felipismo como etapa histórica. Ni ustedes ni yo estamos para eso, y menos en verano. Que lo hagan otros, mejor preparados. Me voy a limitar a dar cuatro cuestionables brochazos íntimos de lo que para mí significó el período. Y ahí no voy a andar con rodeos: a ése no lo perdono. Nunca tantos tuvimos tantos motivos para correr a gorrazos a alguien. Aunque lo admito: cada carácter un placer comporta, como escribió Shakespeare, y si mal les parece lo que escribo: comentario al recuadro de abajo, que se agradece un poco de luz sobre mis oxidadas neuronas. Que igual motivos tengo para estar eternamente agradecido al gobernante que cambió el curso de la medicina pública de este país. Pero mientras no vea algún lúcido comentario que me haga cambiar sustancialmente mis puntos de vista – y que lo hago, palabra -, este locuaz encantador de serpientes, pergeñador de engañifas y vendedor de humo pasa para mi historia personal como Anás, Caifás, Herodes y Judas – todos juntos – de una profesión que bajo su mandato “padeció y fue sepultada” sin que haya sobrevenido aún la esperada resurrección de entre los muertos. Probablemente porque el muy pérfido dejó en Andalucía una guardia pretoriana empapelaíta de coca – con cargo a los EREs -, no fueran a dormirse y dejar salir de la tumba a una profesión médica adecuadamente crucificada y coronada de espinas. ¿Exagerado? Sigan leyendo.

Por lo que me cuentan mis mayores, el desembarco de los responsables del PSOE en los hospitales españoles y especialmente en los andaluces a lo largo de 1983 tuvo que parecerse a la entrada de los jemeres rojos en Phnom Penh o a la del Fidel en la Habana, unos años antes. Portadores del mandato de mayorías absolutas inéditas en una democracia joven que vivía un momento particularmente izquierdista, culmen de la penetración de sus ideas en las clases medias urbanas durante la década anterior y del  eficacísimo apropiamiento del irredentismo del campo andaluz y del andalucismo histórico, se sabían situados por encima de una casta médica social y económica en su mayoría indiferente u hostil al apasionante momento. Casta que, por otra parte, estaba aprisonada entre el rencor social de buena parte de la población y el rencor laboral de los sindicatos de clase, lógicamente afines al nuevo momento. En el punto justo de la trituradora. Y usted sigue pensando que exagero… ¿Verdad?

Los años sucesivos vieron, por parte del estrato dirigente, un cúmulo de desautorizaciones y menosprecios que calaron profundamente en una sociedad sedienta de igualdad e igualitarismo. El previsible resultado fue el descenso paulatino de la profesión a los infiernos del zarandeo y de la desconsideración, cruzándose con el ascenso social de una nueva clase de políticos, responsables y gestores que – calladamente – huían de la igualdad enmascarando su ascenso en un bien conocido discurso buenista. Los nuevos tiempos traían un nuevo vocabulario. Y para muestra, un botón: en 1978 nadie habría sabido explicar el significado de las palabras “ninguneo” o “ningunear”. Sin embargo, fueron aplicadas con frecuencia a jefes clínicos y de servicio que habían desarrollado la calidad – la que se podía, claro – del “seguro” español durante las dos décadas precedentes, mejorando la atención clínica del obrero español. Como si no hubieran hecho nada, con el aplauso encendido de los sindicatos de clase – ahora protagonistas (casi) de la política sanitaria – y de parte de una población que olvidó rápidamente servicios prestados en favor de supuestos rencores de clase azuzados interesadamente por una televisión oficial y única puesta al servicio del nuevo régimen (¿Por dónde andará ahora Calviño?).

Los hagiógrafos del régimen se desviven en loores al César por la temprana promulgación de la Ley General de Sanidad (LGS,creo que en 1986), piedra fundacional que permitió pasar del “seguro” al “Sistema Nacional de Salud” y extender la cobertura a casi todos los españoles – y los que quisieron venir después -. Desde luego pretensiones no les faltaron. Ni palabrería tampoco.  Es curiosa esta gente. Tantas palabras tuvieron, tan hermosas y tan bien versadas, repetidas hasta la saciedad por tantos juglares en tantos medios afines, que nos olvidamos todos de que el Sistema Nacional de Salud se inaugura de la noche a la mañana con un simple toque de varita mágica, heredando las viejas estructuras franquistas, apenas mantenidas en pie por el calamitoso período intermedio (porque no se podía llamar de otra forma al tiempo predemocrático en que los socialistas habían estado a la espera de dirigir eficazmente al país). De la noche a la mañana vivíamos – a decir de los medios – casi en la Suecia de Olof Palme (q.e.p.d.), pero sin habernos gastado un duro y negando todo valor a los que habían construido las estructuras e instituciones que ahora parecían milagrosamente inauguradas por el joven líder progresista y su gente. Lo que digo, un inimitable encantador de serpientes. Y si alguno tosía por ahí acerca de hechos incómodos, como que viejas estructuras tenían que asumir a mucha más población sin haberse hecho las correspondientes inversiones ni en medios ni en personal, era directamente  enviado a la caverna por facha, por derrotista y antipatriota. Tú a callar y trabajar, idiota, que nuestros líderes y cuadros son los que saben.

A raíz de la susodicha LGS, nuestros próceres se dedican a redimir a nuestros postrados médicos generales y a potenciar Atención Primaria a través de la especialidad de Medicina Familiar y Comunitaria. La idea era particularmente adecuada y oportuna. Acabar con insuficiencia de horarios y mejorar sueldos, reconocer importancia, contenidos y atribuciones y, finalmente, mejorar la autoestima de un colectivo que, para ser la espina dorsal del funcionamiento de un sistema como el nuestro, sufría un injusto abandono de décadas. Para haberlo hecho con decisión y la inversión suficiente, claro. En la práctica, tras un prometedor arranque, todo supo a poco, a muy poco. Se abrieron y dotaron algunos centros de salud con el nuevo sistema. Se dejó arraigar (¿interesadamente?) una larga y estéril polémica entre médicos generales – los de siempre – y los nuevos especialistas en medicina familiar y comunitaria vía MIR, máxime cuando detrás de todo ello había en bolsa más de veinte mil licenciados en paro que no habían podido meter la cabeza en el sistema MIR. Muy tardíamente, diez años después de la promulgación a bombo y platillo de la LGS, la dualidad centros de salud – cupos de atención primaria aún persistía. Solución – en Andalucía, al menos -: todos son centro de salud por decreto. Con las mismas infraestructuras, más o menos, invirtiendo dos perras en cambios de carteles. Cuando vinieron los dineros, más tarde, España ya estaba en manos de otros – Andalucía no -. Primaban las guerras de taifas sanitarias con sus modelos respectivos y los “productos de relumbrón”, fácilmente vendibles en la tele, como si se tratasen de luchas de audiencia de los realitis. Pues eso. A ver quién transplanta más o si yo le cambio el sexo a los transexuales y tú no, que eres un facha entregado a la iglesia. ¿La víctima? Que se atasca la inversión en atención primaria, que se vende peor. Y hay que ver la dichosa manía que tengo a salirme del tema.

Vuelvo a los ochenta, que me cogen en la facultad – la pongo con minúscula: no se merece otra cosa -. Decir que el númerus clausus no había arreglado nada, estábamos sin prácticas y masificados. En el profesorado había de todo, para qué decir otra cosa, pero la tónica general era mediocre. Y sobre todo pesaba una atmósfera de plomo: veinte mil tipos – y tipas – con la licenciatura en su casa, sin oficio ni beneficio – porque tener la licenciatura entonces era no tener oficio ni desde luego beneficio – y con un MIR que ofrecía sólo mil y pico de plazas anuales. Recuerdo algunas movilizaciones. Suave papel higiénico para la delicada piel del César y su corte, que nos devolvían un delicado corte de mangas – valga la redundancia – envuelto en la palabrería huera del régimen. La jungla. La selva. Aprueba como puedas. Saca el MIR como puedas. Lo que puedas. El César parecía eterno, eterno… Como dijo uno (¿Fue Fernández Marugán?): “se habían puesto los cimientos para construir un PRI a la española”. Y a punto estuvimos. Todavía no tengo claro que en Andalucía no sea una triste realidad. Era lo que había y punto.

Viví indirectamente la huelga del 87, a través de familiares. También porque era alumno interno en el Hospital Virgen Macarena (entonces Hospital Universitario de Sevilla). Yo estaba en quinto de medicina. Recuerdo el tratamiento informativo en la tele única de entonces, lo único – de nuevo la redundancia, pero viene al caso – que veíamos los españoles. La realidad del médico había cambiado radicalmente en diez años. Las incompatibilidades habían desarzonado en buena parte el pluriempleo que permitía medio sostenerse a miles de profesionales durante la década anterior. Las grandes devaluaciones de los setenta habían dejado los sueldos sanitarios a la altura del betún. Las intenciones del – entonces – todopoderoso Alfonso Guerra eran una realidad: la otrora orgullosa clase médica estaba proletarizada, humillada y empobrecida, a las órdenes de exaltados ugetistas que funcionaban a golpe de consignas que repetían sin miramientos a señores que abrían proletarias barrigas y peinaban canas. Motivos había todos para una huelga dura en Sanidad en el 87. Las condiciones laborales eran malas, muy malas. Y las retribuciones habían alcanzado un mínimo histórico. Aunque no sé si ahora, comparando la renta disponible por habitante, presión fiscal y otros indicadores, saldríamos mejor o peor parados. Tal vez peor, teniendo en cuenta el precio de la cesta de la compra, el IVA y un largo etcétera. Sin embargo éramos un colectivo débil. Somos un colectivo débil. Siempre lo hemos sido. Entregaítos vaya. El orgulloso y prepotente PSOE en el poder sabía que su labor de machaca había llegado lejos, muy lejos. Una vuelta más de tuerca y acabaría con la débil base adicta que mantenía en hospitales – siempre la tuvo -. Así que planteó una delicada partida de ajedrez y salió ganador. Cede dineros en el brete del 87 a cambio del complemento de dedicación exclusiva. Gol por toda la escuadra a la profesión, cuyos efectos aún perduran. Y cómo. Ni que lo hubiese pergeñado Nicola di Machiavelli. Primero, una nómina con un fijo asquerosito – véanla – medio sostenida a base de complementos. A usted le ha dado igual todos estos años, con tal de que al final el monto medio diera para algo. Pero no da igual. Los complementos se deconstruyen fácilmente en caso de dificultad. Segundo, acosar a aquéllos que, dentro de la medicina pública, persistieran en la infamia de mantener actividad privada. En otra entrada les contaré la ideología que subyace a todo esto. Ello iba más allá de terminar con el parasitismo privado-público del que les hablé en la entrada pasada. El médico del sistema público es mío y sólo mío, y no da un sólo suspiro en la privada. Jamás tuvieron las narices de legislar con rotundidad que la dedicación exclusiva era exigible, como ocurre con los jueces o los militares. Pero, canallescamente, a los que persistieran con actividad privada les dejarían un salario de enfermero. ¿Que no es así? Esto sigue siendo así en Andalucía. Aunque sean médicos o cirujanos del mayor prestigio o renombre, dentro o fuera de nuestras fronteras. La lógica y fortaleza de este sistema fueron tales que, posteriormente, el complemento de dedicación exclusiva fue debilitándose y dándose a todos taifa a taifa tras duras negociaciones. No tenía sentido. Castigaba sin piedad a gente excelente – que frecuentemente sostenían actividades privadas a pecho descubierto por el prestigio ganado por su buen hacer en la pública – y se otorgaba a los mediocres que jamás hubieran durado dos asaltos en un foro tan exigente. Por irse a las tres a dormir la siesta. ¡Excelente política de personal, Flanagan! Claro que también se daba a los colaboradores – o colaboracionistas – que entregaban vida y desvelos al engrasado de la maquinaria, todo hay que decirlo. Pero de ésos el reino vendría más tarde. Creo que, en la práctica, pocas , muy pocas taifas mantienen en la actualidad el complemento de dedicación exclusiva tal y como se concibió. Entre ellas, la última, como no, Andalucía, cuna del Afganistán socialista sanitario y acopio de sus esencias. Antes muerta y liquidada que reconocer errores.

La última de las consecuencias de la huelga del 87 no es la menor. Parece estudiada delicadamente. Cuando osé poner el pie de erreuno en el buque insignia del régimen socialista sanitario soviético de Andalucía, la profesión estaba más dividida que nunca. No había dos nóminas iguales, al decir de mis mayores. Primaria y especializada. En primaria, generales y MFyC, con su guerra particular. En especializada, los había con guardias y sin ellas y, por mor de la huelga del 87, con exclusiva y sin ella. ¿Quién ponía un frente común en este maremágnum?

Se me está alargando la entrada, lo sé. Es que son muchos recuerdos. Y eso que los tergiverso. Dicen que la memoria tiende a embellecer el pasado, de una forma u otra… ¿Cómo sería pues, la realidad?

De los noventa y pocos, al margen de los recuerdos de residencia, que no vienen al caso, tengo los de un hospital  deficiente en muchas cosas. Recuerdo el reventón predecible de urgencias con los picos estacionales, cada año, y la sempiterna acumulación de pacientes por los pasillos. El acoso de la prensa hostil, los desmentidos del régimen y la progresiva adopción de medidas de seguridad para impedir que las inoportunas cámaras de la prensa captaran las verdades del barquero del amazacotamiento de pacientes en urgencias y plantas. Llegaron los fastos del 92 y el hospital – por fin – recibe inversiones. Ahí me enteré del significado de una palabra nueva: V.I.P., aunque sea porque se rumoreaba en el hospital que una planta recién puesta estaba acondicionada para ellos. No sé si sería verdad.

Del 92 – fecha en la que terminé mi residencia – al 95 tuvimos una terrible crisis económica. Se nos congela el sueldo (¿tres años?) y, con la inflación de entonces, perdemos un quince por ciento de poder adquisitivo sin cláusula de revisión. Para mi, por aquellas alturas, el socialismo en general, el socialismo andaluz en particular y Felipe González como rostro visible se encarnaban ya como la vivita expresión del maligno, como la quintaesencia del averno y sus maldades. Entiendo que haya otras vivencias pero, como decimos en Sevilla, cada uno cuenta la Feria según le va. Y a mí me ha ido de esta manera, miren ustedes.

Nuestra salida del reinado no fue menos traumática. Con exclusiva, pero sobre todo sin ella, en el 95 éramos perros – y perras – viejos y apaleados, alimentados con las sobras – y sobrando cada vez menos, que todo hay que decirlo -. Cuando vamos a la huelga salvaje-indefinida de mayo-junio del 95 en Insalud y Andalucía, ya un sindicato nada favorable a nuestros intereses, como comisiones, había pedido que cobráramos treinta mil pelas más al mes para que los pinches – el escalón salarial más bajo del sistema – pudiese mejorar y así, todos. Aquello fue la debacle… ¿Recuerdan? Era ministra Ángeles Amador, pero la que llevó la voz cantante fue la inflexible Carmen Martínez Aguayo – ahora protagonista del recién retirado  recortazo en Andalucía, genio y figura – y, en Andalucía, el inefable Arboleya – ¿Dónde andará? ¿Recuerdan lo de “ni un duro más para los médicos”, en aquellas época era popular negar el pan y la sal al colectivo… -. Dos meses de guerra. Los medios en contra. La población en contra. Hasta que vienen las vacaciones, claro. Entonces, a negociar… Y a obtener treinta mil pelas más al mes. Lo que pedía comisiones al principio. No sé si para reír o para llorar. Lo que está claro es que el ridículo fue tal que NO HA HABIDO OTRA HUELGA MÉDICA SIGNIFICATIVA EN EL PAÍS. Vacunados y bien vacunados.

Sé que trece años dan para mucho más en Sanidad y que habrá lecturas completamente diferentes. O que me faltan cosas elementales. O que exagero otras. O que no están de acuerdo en muchas más. Por todo ello esto es un blog y no un libro. Porque quiero – insisto QUIERO – saber en qué me equivoco y necesito enriquecer mis puntos de vista. No puede ser todo tan negativo. Pero miro atrás y no encuentro otra cosa. Ahora ustedes me hacen el favor y escriben abajo otras perspectivas. Me hace falta como el comer.

Cuando lo de la dulce derrota del 96, el tonto que escribe, el tonto de Santa Justa lo vive como la defunción del César. Como el asesinato de Calígula por Casio Querea o como el suicidio de Nerón tras su proscripción por el Senado. Las cosas aún podían enmendarse, pensaba un idiota ilusionado. En el camino habían caído Guerra y sus alpargatas. Nos la había dejado puestas. Pero el César nos dejaba aquí abajo bien encadenados a un régimen caudillista que aún hoy le es fiel hasta la muerte. Fiel a su verborrea, a sus encantamientos, a su humo mediático, a su sonrisa sensual, al recuerdo de aquellos subsidios, a la boca llena con la que pronunciaba la palabra “Europa” y a la habilidad con la que siempre escurrió el bulto y repartió culpabilidades las raras veces que tuvo que afrontar que esta tierra seguía siendo campeona del desempleo y que aportaba al PIB nacional el mismo raquítico 13-14% con que contribuía en tiempos del Franco. Lo había reconocido él, lo había reconocido el IESE, lo habían reconocido todos: “los médicos están mal pagados”, “tratamos mal a nuestros médicos”. Pero, en una amplia encuesta promovida por Diario Médico hace unos años, consultando a tirios y troyanos sobre el particular, hubo consenso absoluto acerca del particular: “los salarios médicos son insuficientes”. ¿Consenso completo? ¡No, hombre! El señor Martín Toval (¿Qué hace ahora?), a la sazón portavoz de la mayoría socialista en el congreso, se despachó sobre el particular con un displicente “son las remuneraciones que fija el parlamento español”. Lo de siempre. Que esto es lo que hay. Lo he dicho en otras entradas: hocicar o largarse.

Termino esta entrada sobre mis recuerdos personales – sanitarios del felipismo con unas pocas palabras, las que se me vienen a la cabeza:

1) Arrogancia. Tengo el poder y los votos. Os jodéis con lo que hay.
2) Soberbia. Es un poco la extensión de lo anterior. Más un “¿Qué sabéis vosotros?”: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; el que cree en mí vivirá…” Por algo se manejó en aquella época el término mesianismo, al igual que cesarismo.
3) Prepotencia. Chulería. También un poco extensión y complemento del término número 1.

¿Se perdió la Parte 1: Los Setenta?

Mis cosas, en twitter…

Veinte años de experiencia en el Sistema Público de Salud, en una novela en descarga a un sólo click.

6 thoughts on “Cuarenta Años de Rabia (II): Los Laureles del César.

  1. Consu1946 says:

    No creas que con los otros fue mejor….. Casi te diría que igual, pero pensamos que eran los nuestros……

  2. Consu 1946 says:

    por por una consulta con el Profesor (zarco, y otros muchos), pero eran la gauche divine. Los demás las hemos pasado putas, y eso que éramos la elite, los mejores. Aquellos a quien llamaban para conseguir el apoyo del líder. Joder con el apoyo. . Me salí de aquello, pero no se hacer otra cosa. Menos mal que me jubile en Noviembre.

  3. Consu1946 says:

    La huelga del 87? Una burla, perdimos todos nuestros derechos, Pero fueron la CEMS y sus adulteres los que fueron engañados por los FG y demás, previa compra del presi del sindicato por ellos. Ahí empezó nuestro hundimiento. Tu cobras mas que yo, etc,etc.un desastre. Y comenzamos a ganar menos, porque nuestra paga extraordinaria, ni tenía complementos ni exclusiva. Y no podíamos salir. En aquella primera crisis era imposible salir del hundimiento, al menos en Madrid. Los de izquierdas, buscaban a resis cuyo nombre era el titular de sus consultas y donde se pagaban hasta 25.000 pstas

  4. Consu1946 says:

    No se si recibiste mis comentarios del numero I de tus post. Estoy en total acuerdo contigo. Es verdad que fue la ley del 79 la que creo la MFyC pero su desarrollo hasta la completa gestión y sumisión fue del tiempo de FG. Ya te dije que yo le vote, pero fue nefasto. Recio, Arboleya ¿En que se transformaron? Ni se sabe, a los dos les conocí bien, (fueron mis novios en la carrera) Los dos me llamaban roja, leninista y nihilista. Solo era medio liberal, sin resentimiento…. Pero eso fue la destrucción de nuestra amistad.

  5. Federico says:

    Me alegro que aclares una vez más, Enrique, porque mis recuerdos de aquella época pueden ser erróneos o insuficientes. Yo la tenía por inexistente antes del 82. La verdad es que me gustaría saber realmente cuando se crea. Ya digo que fue realmente una buena idea. Lo que sí es verdad es que durante un tiempo la administración sanitaria del PSOE no gestionó bien la coexistencia de MFyC y la medicina general de toda la vida, ni fueron claros los mensajes de cara a ambos colectivos. Ello creó una mala relación – o así la entendimos – entre ambos colectivos, que se presta a interpretaciones malévolas, como la mía. Probablemente la mala situación personal favorece interpretaciones paranoides, no lo niego. Sí creo que hay más acuerdo en que la reforma sanitaria – en cuanto a AP – fue insuficiente, lenta, conflictiva, desalentadora y que supo definitivamente a poco. En cualquier caso, gracias por la aclaración, como siempre.

  6. Enrique Piriz says:

    No conocí la epoca por edad, por lo que he leido y escuchado, seguramente tu relato refleja la realidad aunque no tengo claros 2 asuntos: por un lado el de la exclusividad cuando a dia de hoy sigo viendo "chiringuitos publico-privados". Y por otro lado, hasta donde yo se, la especialidad en Medicina Familiar y Comunitaria no la inventó Felipe. La creación de la especialidad en España, que no se si se hizo para meter una cuña en la profesión o con otra intención perversa, vino a compensar un deficit historico y a asimilarnos a los paises de nuestro entorno.

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