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«Ladridos en la Noche», 1º capítulo, 2ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

A varios cientos de metros a la espalda del Cristo, la ciudad de los muertos se ramifica y se complica. Ya no hay suntuosos panteones, ni está tan mimada la jardinería. Ahora casi todo el firme es albero y, a veces, con sus socavones. Cercano queda ya el muro final del cementerio; al otro lado, comienzan los polígonos industriales. Aquí, el silencio deja paso al eco de la maquinaria y del trajinar de las herramientas. En esta parte, las tumbas se organizan en alto, por nichos, una encima de otra, hasta completar cuatro pisos.

Una vez más, Amador se ve en la tesitura de acompañar a alguien a su morada definitiva. El hombre acaba de llegar con Juani, y permanece a una prudente distancia. El nicho en cuestión está a una altura media; no harán falta esfuerzos especiales para introducir el ataúd. El abrumador silencio del momento se rompe por un par de «adiós, Pepi». Han sido dos mujeres, amigas o vecinas. Una de las hijas llora sin aspavientos. De sus sollozos, solo se oye un corto suspiro de vez en cuando. Es probable que la hayan educado en eso. El dolor, adentro siempre. La hermana la abraza calladamente, llevando el mismo aprendizaje a la quintaesencia. Nada sabemos de los ojos de ambas, cubiertos por enormes gafas de sol. «Ya descansó; ya descansó, nena», se oye por ahí, con segura vocación de alivio. Quince personas, más o menos, más los de la funeraria y los operarios del cementerio. Tardan estos un poco en hacer la mezcla, para fijar el cierre provisional.

Amador lucha por evitar que una lágrima gamberra se escape por debajo de sus gafas de sol. Recurre al pañuelo. Mirada a un lado y al otro, no sea que alguien lo haya sorprendido. Se encuentra con los ojos vigilantes de Juani, y confiesa en voz baja:

—Ya está uno viejo.

—Déjate de bobadas, Amador, que no eres tan duro como quieres aparentar — vuelve a susurrar la vieja —. Ni ahora, ni hace seis años.

Los operarios ya concluyeron; el nicho queda sellado. Los asistentes se miran y se permiten un momento de desconcierto. Una mujer comienza a rezar:

«Padre nuestro, que estás en los cielos…».

Los que recuerdan la oración, le replican: «danos hoy nuestro pan de cada día…».

El grupo empieza a deshacerse paulatinamente. Ahora hay pocas formalidades. El sol pega ya con fuerza. Las amigas, convecinas y otros familiares animan a las hijas a abandonar el lugar. Juani echa un último vistazo a la tumba y a Amador, y termina por esfumarse. Una de las hijas parece resistirse a doblar la esquina e irse. Antes de desaparecer, Amador le encuentra una expresión de extrañeza, difícil de valorar tras las gafas de sol. Sin embargo, está seguro de que la chica sigue sin reconocerle.

«Mejor… ¿Para qué?».

Queda el hombre, pues, en soledad. O, si se quiere, acompañado por los muertos. Sin embargo, no echa de menos el ringorrango de los panteones de la entrada. Aquí, la grisura del mármol de las lápidas se interrumpe a cada poco por el estallido de color de un ramo de claveles.

«Parece que, de estos, sí que se acuerdan. Al menos, durante un tiempo…».

Amador se queda aún unos minutos. El lugar es tranquilo y limpio, y la compañía, más bien silenciosa. Cesó el ruido de la actividad del polígono industrial vecino. Debe ser la hora del almuerzo. Solo dos gorriones juguetones, zafándose del murmullo del aire, hablando de amor entre los cipreses. El poli se sienta sobre una losa, a la sombra. Es curioso. Nadie le había dicho que aquí iba a estar tan a gusto.

«¿Por qué no la habrán incinerado…? El nicho es caro. En estos tiempos, la gente suele quemar a sus muertos. Pero se trata de Pepi; no la podían quemar. Imposible; ya estaba calcinada por dentro: cada indicio, cada rumor, el zumbido de un mosquito servía para mantener el rescoldo encendido. Tal vez por eso no se han atrevido a meterla en el horno. Ni a darle tierra siquiera. La han dejado en este nicho, a metro y medio sobre el albero, por si acaso es verdad lo de las ánimas errantes, y la mujer quiere regresar y salir a seguir esperando, a seguir buscando. A reclamar su derecho, el inalienable derecho a saber la verdad, la irrenunciable determinación de prolongar la existencia mientras el cabo de la vela de la esperanza se mantenga encendido. La criatura retrasó hasta lo indecible la sedación terminal ante la posibilidad de que alguien le diese noticia o razón, aunque solo fuesen dos palabras al oído antes de expirar… Y no tuve valor; no lo tuve, no fui capaz de apagar el cabo de la vela, de anticiparle la muerte. O, quizás, de acortar la angustia de la incertidumbre, el dolor de la enfermedad… ¿Lo hiciste por ella o por ti, Amador? ¿Por ponerla a salvo de la verdad o por protegerte tú de sus ojos moribundos? ¿O por tu falta de seguridad, por la falta de pruebas…? Reposa en paz por fin, Pepi; nadie se lo merece más que tú…».

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

 

 

 

 

 

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