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«Ladridos en la Noche», 2º capítulo, 3ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

El despacho de don Fabián de la Torre es un lugar suntuoso. En primer lugar, porque se aloja en un edificio del mejor empaque. Pero, además, don Fabián disfruta de un lugar privilegiado, situado al suroeste. Ello le proporciona la mejor iluminación natural. Lo que constituye una circunstancia inapreciable, cuando de examinar láminas de un libro de Arte se trata. En cuanto a mobiliario, ha sabido combinar la funcionalidad con la magia de la estética, y un toque curioso que le da una apariencia de antigüedad, en buena armonía con el lugar. Y dispone de un buen número de metros cuadrados. Por otra parte, los medios informáticos son los mejores. Don Fabián sabe obtener los recursos necesarios para conseguirlos.

«Si no fuera por esta penca de secretaria…».

Claro que la mano de uno no llega hasta el último resorte de decisión. Nunca se disfruta de todo el poder dentro de una institución, aunque se tenga bastante. Y siempre se sitúa enfrente algún enemigo capaz de encasquetarte a la peor administrativa. ¿Cómo podría deshacerse de ella…? Don Fabián repasa mentalmente la nutrida agenda de contactos, tanto de casa como de fuera. Concluye que no, que no es conveniente emplearlos para un asunto menor, como este. Redirige su cerebro hacia otras preocupaciones,  descuelga el teléfono y marca:

—¿Raúl…? Soy yo, Fabi… ¿Todavía estás enfadado conmigo…? ¡Mira que eres niño! ¿Cómo quieres que te pida perdón, de rodillas…? Bueno, a lo que voy: que se ha plantado aquí la madre de Julio… ¡No me interrumpas, maleducado! Déjame que te cuente: yo creía que venía a llorarme un poco; que para cuándo las oposiciones, como todas… Pero no… Qué va, qué va… Que resulta que su niño ha decidido desaparecer de la faz de la tierra… ¿Conmigo? ¡Qué va! ¡Pero si el lunes no vino a dar las clases que le correspondían! Tuvimos que suspenderlas… Ya las daremos… Escúchame, Raúl; deja de despotricar por un momento: que si sabes algo… ¿Qué tú también sigues enfadado con él? ¡Hijo, valiente carácter! Así no vas a ninguna parte… Anda, vente el finde al chalé y nos relajamos un poco… ¡Hijo, qué arisco!… Venga, que seguro que mañana aparece el Julito, que se habrá pasado de la raya este finde, y se viene también… Bueno, en cualquier caso: que si te enteras de alguien que sepa dónde demonios está, que le diga de mi parte que le pegue el toque a su mamá, que está agobiadísima… Adiós y un beso…

Cuelga y reflexiona.

«Comprendo que sea joven y tenga fuego en el cuerpo… Pero es incompatible progresar en su carrera docente con la falta de seriedad en el día a día… Por otra parte, sorprende: ¿de dónde ha salido nuestro Julio? Su estilo, su atuendo… Hasta hoy mismo, nos ha hecho creer que era uno de los nuestros, los que siempre hemos sabido mantener el prestigio de estos despachos. Pero viendo las maneras de su madre, uno se pregunta: ¿qué clase de meteco se nos ha colado en la academia por la puerta de atrás?».

***

—Entonces, ¿se sabe algo más, mamá?

Sosteniendo el inalámbrico, la sonrisa de Chari ha vuelto a su hogar natural. Recupera la sintonía con el carmín de los labios y los colores vivos de la camisa. Con su brío y con su estilo. Con sus ganas de vivir, en suma. Para problemas, ya basta con los que les ha mandado la vida.

—¿Te recibió don Fabián? ¿Qué tal es…? Como sale en la tele, ¿no…? ¿Más elegante…? Gana en vivo, ¿no…? ¿Te ha dicho algo útil…? ¿Nada? ¿No ha aparecido por la Facultad…? Bueno, al menos alguien se va a encargar de contactar con Raúl.

La conversación se extingue poco después. La joven cuelga y suspira. Hora del almuerzo. Dadas las circunstancias, la chica no tiene mucho apetito. Nada que hacer, salvo esperar. Repasa las posibilidades.

«A ver, Julio se llevó el móvil con sus contactos. Apenas sabemos nada de sus amistades. Antes los conocíamos, entraban en casa. Pero últimamente, no. Además, se ha llevado la moto… ¿Qué nos queda…? Puedo empezar por llamar a los hospitales. Pero Julio va siempre documentado; si hubiera pasado algo, ya habrían contactado con nosotras».

Se pone a la faena, hospital por hospital. Ello le lleva un buen rato. Afortunadamente, ningún ingreso sin identificar, vivo o muerto. La ausencia de hallazgos le permite suspirar de nuevo, esta vez de alivio. Se estremece ante la posibilidad de haber oído un «sí, aquí tenemos el cadáver de un joven de tales características; no llevaba consigo documento alguno…».

Tras la tercera llamada, cuelga y se vuelve hacia la puerta del cuarto de Julio. Ahí está, cerrado por una ley de acero. A su cabeza vuelan los recuerdos de antiguas transgresiones, siendo aún una niña: «¿qué haces fisgando en el cuarto de tu hermano?». La chica tarda en decidirse. Su hermano podría aparecer por fin en este preciso instante. O peor aun, dentro de tres minutos, sorprendiéndola in fraganti. Pero, por otro lado, tal vez el modo de encontrarlo esté ahí dentro, tras un número de móvil guardado en un cajón, o simplemente sobre la mesilla de noche. Sopesa todos los aspectos, y al fin se decide. Abre la puerta del santuario y, de repente, se encuentra hollando el reino de lo intocable.

Traspasado el umbral, la chica se ve asaltada por un sentimiento de estupor. La muchacha se percata de que su hermano disfruta del mejor dormitorio: el más espacioso, el mejor orientado, el que dispone, por tanto, de más horas de luz. Y no puede evitar un sentimiento de rabia. Lleva de nuevo la mirada hacia la puerta de la habitación, y aguza el oído hacia la entrada del pisillo. Afortunadamente, Puri descansa. Por otra parte, ni las partes comunes ni la cerradura anuncian la vuelta del señor. Más tranquilos, los ojos pueden reanudar la exploración de lo novedoso.

Sorprende ver lo que ha construido Julio en el corazón de un barrio de renta media-baja de una ciudad que no despunta en lo económico. Chari ha de admitirse, deslumbrada, que la habitación le recuerda a las láminas de algunos manuales de Historia del Arte de su hermano. Por otro lado, ¿dónde consiguió esos muebles…? La joven solo sabe de las horas invertidas por Julio rastreando antigüedades en los mercadillos callejeros, y de los esfuerzos desarrollados por este para restaurar delicadamente los mueblecillos hasta conseguir el conjunto que ahora consigue impresionarla de este modo. Las cortinas, la ropa de cama y el color de la pared — todo en cuidada armonía — proporcionan una media luz agradable a la estancia. Toca el interruptor — también elegido con mimo —, y se encienden mil perlas de una araña suspendida del techo: pequeñita y coqueta, como queriendo evitar ser tachada de pretenciosa, pero conservando distinción y porte, recordando a las estrellas de un cielo limpio en una noche sin luna.

«Hágase la luz…».

La claridad se amplifica en un espejo biselado de factura barroca sobre el aparador, frente a la cama. Encajado entre el espejo y su marco está solo el retrato de juventud de la madre con la sonrisa puesta. Eran fiestas y la felicidad estaba ahí, suspendida.

Luego, la joven despierta de su éxtasis, y repasa la habitación. No hay más retratos. Al menos, no de personas que ella conozca. Solo un par de madonnas.

«Las demás no existimos, ¿verdad, Julio?».

Un agudo gemido desgarra el silencio. Extrañaba ya lo prolongado del mismo, que permitía incluso el ensimismamiento en lugares vedados. La chica se permite una última reflexión en el altar de su hermano:

«¿Es que existe alguien que no seas tú, en tu mundo?».

 

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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