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Carta Abierta al Papa Francisco

Estoy confuso al comenzar la entrada… Debo dirigirme a usted como Su Santidad, como Santo Padre, como Señor Papa o como Papa Francisco? Estoy corto en esto de cortesías, discúlpeseme:

Debo proseguir diciendo que fui bautizado y educado en la religión católica. Recibí todos los sacramentos. Nunca he hecho apostasía pública ni privada. Ello me permite aún dirigirme a usted desde dentro de la Fe, del Cristianismo y del Catolicismo Romano.

Dice la prensa de mi país que, con usted, la Curia, el Opus y los ultras andan disgustados. Que es usted próximo a la Teología de la Liberación. Que volvió a lo de «la opción por los pobres» de Juan XXIII. Yo de eso poco sé, la verdad. «Doctores tiene la Iglesia», se dice en mi país.

Aunque eso de «la opción por los pobres» suena bien, la verdad. Me recuerda al mensaje original de Cristo. Y al del «Santo Francesito» de Asís, de donde se dice que quiere usted tomar el nombre. Si Dios quiere. «Inch’Allah», como dicen los musulmanes. Ojalá, como decimos los que pensamos y sentimos en español. Entre ellos, usted y yo. Por cierto, el ojalá lo tomamos de los árabes y significa eso: «quiera Dios».

Dice la prensa de mi país que usted vivió una durísima dictadura en su país. Dejo a comentaristas más avisados el análisis de su actividad en esa época. Lo que sí tengo claro es que sabe del odio y de la muerte. Y de la necesidad del perdón. Pero, también, de la necesidad de justicia.

A mí, de pequeño, me enseñaron en el colegio que Dios es amor y misericordia, pero también me hablaron de una justicia divina.

Sabe usted que, unas décadas antes, mi país tuvo una guerra y una dictadura. Por unos motivos no muy diferentes a la dictadura que usted vivió. Realmente, por miedo al cambio. Lo mismo por lo que recelan de usted la Curia y los otros. No más.

Pero se dice que usted es el cambio. Y ha sostenido usted gestos concretos en ese sentido. Nos ha hecho albergar esperanzas.

En mi país, la guerra empezó en mi ciudad. Usted la debe conocer. Es una ciudad dos veces milenaria, tan vieja como Roma. Se trata de la ciudad de Sevilla. Una ciudad viva, alegre y bulliciosa.

Sin embargo, el 18 de Julio de 1936 la hundió en una época particularmente siniestra.

Un golpe militar, fallido al principio, dio paso a una larga guerra civil. La Iglesia oficial optó por el bando golpista y a la postre vencedor. No es de extrañar: en el otro bando se masacró a religiosos y a personas por el simple hecho de sus prácticas religiosas. Fue una época sombría, repleta de sangre y de mezquindades.

Pero en mi ciudad, el general Gonzalo Queipo de Llano ordenó fusilar diariamente – con jactancia – a varias decenas de personas cuyo único delito era su militancia política. O, a veces, la simple sospecha. Aún hoy los huesos de los represaliados yacen en fosas dispersas por todo el territorio de Andalucía. Sin nombre. Sin ubicación precisa.

Pero Queipo de Llano muere en su cama en un cortijo cercano a Sevilla en 1951 y sus restos reposan hoy día en lugar de honor: en la Basílica de la Virgen Macarena, a pocos metros de las calles que llenó de huérfanos y viudas.

Esta ciudad ha asumido como un pacto de silencio inevitable el hecho de que los restos del criminal de guerra no puedan ser extraídos del lugar de honor sin que tiemble la tierra y las fuerzas vivas.

Pero usted trae nuevos ímpetus y capacidad de desafiar fuerzas oscuras. Usted tiene toda la capacidad para documentarse y ver si lo que digo es cierto o exageración, si es bandería o parcialismo. Si es rencor o revanchismo.

El Dios en cuyas creencias me criaron y del que nunca renegué es un Dios de amor. Es un Dios de perdón. Pero es también un Dios de justicia.

Hoy, como cabeza visible de la Iglesia Católica, religión en la que fui bautizado y en la que fueron bautizados mis padres, abuelos y antepasados, me permito humildemente preguntarle:

¿Tengo el deber de perdonar a Gonzalo Queipo de Llano, criminal de guerra confeso y chulesco, cuando entre a rezar a la Virgen Macarena en la Basílica consagrada por la Iglesia Católica Apostólica y Romana y vea ahí la tumba con su nombre bien visible?

¿Sería pecado permitirme la osadía de solicitarle que exija al Arzobispado de Sevilla que disponga lo necesario para que los restos del general sean entregados discretamente a sus descendientes para su mejor reposo donde ellos deseen?

¿Contraviene ello a la exigencia del perdón cristiano? ¿O se ajusta mejor a la idea de que la Iglesia no puede permitirse la menor connivencia con prácticas del pasado – por mucho de que en el bando contrario se practicara el tiro a la sotana -?

Si esta nota obtuviera la gracia divina, se elevara hasta sus ojos y le hiciera dudar por un momento, ya habría obtenido yo la recompensa que de ella espero. Así conviviera yo con la tumba de Queipo hasta perder la vida o el juicio.

Tenga por lo demás el más venturoso de los pontificados.

@frelimpio

@Pontifex_es

 

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