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Califato de Sangre… ¿Memoria de nuestra Historia Reciente?

El Califato. Con C mayúscula. Y no es nuestro antiguo Califato de Córdoba del 900. Me refiero al de ahora, al recientemente proclamado a caballo entre Siria e Iraq. Supongo que cualquiera que esté atento a las noticias habrá oído hablar de  él. Y la mayor parte de ustedes dirá: «¡Qué gente más brutal y más atrasada!»
Hace meses que le doy vueltas al dichoso califato. A ver si los comprendo de un modo un otro. Y a ver si me entero quién los financia, qué mano mece la cuna. Quid prodest. Pero no encuentro nada. A ver si me ayuda alguien.
Muchas naciones establecieron las fronteras después de siglos de guerras sangrientas, sobre la base de la geografía (v.gr. los Pirineos o el Rin), la lengua (el italiano o el portugués), la etnia (magiares o japoneses) u otras consideraciones. Y, aún establecidas las naciones, albergan conflictos considerables. El catalán o el escocés, sin ir más lejos.
Pero relativamente afortunados fueron los grupos humanos que tuvieron un margen para dar una impronta propia al proceso. La consolidación de la casa europea tuvo que venir – y con cuentas pendientes, ya digo – tras una eternidad de terribles masacres. Hasta ayer por la mañana. Pero el predominio europeo en el globo trazó un mundo donde la humanidad quedó seccionada artificialmente por líneas que nada tenían que ver con las consideraciones que esbozaba uno en el párrafo anterior. El reflujo del poder európido deja amplias muchedumbres que redescubren aterrorizadas la brutalidad inmensa de las fuerzas históricas. Lo que ha sido siempre la dinámica de la Historia. La tropelía y el tajo en el cuello. La marcha de la soldadesca. 
África del Norte y Oriente Próximo fueron hasta hace relativamente poco provincias del Imperio Turco, que a punto estuvo de invadir Europa Central e Italia en el siglo XVI. Su reflujo gradual desde esa época ya lejana y su definitiva descomposición en la Primera Guerra Mundial llevó a Francia y a Inglaterra a diseñar el mapa de esa parte del mundo según sus intereses. El ocaso de los poderes postcoloniales y la incapacidad manifiesta de los Estados Unidos de sustituirlos ha llevado a los pueblos de la zona a cuestionar el statu quo locorregional. Pero, fracasado el contramodelo que proponía el socialismo real, la revolución iraní y otras ofrecieron a las empobrecidas masas un punto de referencia inefable: la tradición y el paraíso, más allá de la vida que conocemos.
Hoy, ciudadanos de muchas partes del mundo contemplamos horrorizados la crueldad de la yihad inspirada por el fanatismo religioso suní. Pero debo recordar que el fanatismo religioso ha sido un motor significativo de nuestra historia reciente. Sin ir más lejos, no puede entenderse el levantamiento antifrancés de 1808 sin el catolicismo ultramontano español. Con el gabacho venían la masonería, el ateísmo y el liberalismo. Los soldados de Napoleón profanaron templos e hicieron mil barbaridades. Es conocido que famosos curas castizos encabezaron partidas guerrilleras hasta que pusimos al anticristo más allá de los Pirineos. Del mismo modo, siglo y pico después, nuestra Guerra Civil será considerada como un conflicto fascismo-antifascismo en la retaguardia republicana pero, en contraste, será predicada desde los púlpitos como una guerra de cruzada. Y sin ese elemento miles de requetés y otros católicos de bona fide no se hubieran rebelado o o no habrían acudido a las armas contra el gobierno republicano. De nuevo los rojos eran masones, ateos y liberales. Seres infectos, contrarios a la esencia española y católica. A pasar por las armas para que la Patria pudiese renacer pura y limpia como la Inmaculada Concepción de María. Los civilizados europeos allende los Pirineos se volvían horrorizados ante la crueldad de las matanzas de los bárbaros de España. Seres primitivos e incivilizados, ligados por siempre al tribunal del Santo Oficio.
Los del Califato están inmersos en una guerra cruel por su fe negando unas fronteras trazadas por los imperios coloniales. Asesinan a los que se niegan a convertirse. Ejecutan atrocidades sin cuento. No tienen probablemente más bagaje que su fe y su pobreza; allí no llegaron las luces del dieciocho. Nosotros estuvimos hace ochenta años inmersos en una guerra cruel donde muchos luchaban por fe y por fe cometieron todo tipo de atrocidades (por fe en una idea de la patria, por fe católica o por fe en el paraíso comunista, que era otro tipo de fe; los del parlamentarismo eran pocos, la verdad). Debo recordar que la Historia nos sitúa bastante cerca de la barbarie que ahora nos aterra, sean fusilamientos en masa o decapitaciones. La diferencia es que, a fin de cuentas, nosotros siempre estuvimos en nuestro país. Ellos ni siquiera saben en qué país están. No tienen esa suerte. Todavía.

El fanatismo religioso y el salvajismo no es el triste patrimonio de una etnia o una confesión. Todos hemos estado en ésas. De nosotros se horrorizaron otros, al igual que nosotros nos horrorizamos hoy. Es posible que mañana muchos de éstos reflexionen aterrados ante los horrores de esta época. Mientras, sólo queda apelar a aquello que de inteligencia quede en el poder geopolítico global que permita enfriar el conflicto lo más rápidamente posible. Que esta fiebre pase lo más rápidamente posible con la mínima factura de sangre. La humanidad a la que pertenezco se abochorna de las cabezas clavadas en las picas en nombre de una idea de Dios. O de un concepto de la patria o de la revolución.

@frelimpio

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