Brumario. Los revolucionarios franceses quisieron cambiarlo todo. Incluso el calendario. Los años se contaban a partir de la proclamación de la República. Y se acabó lo de enero, febrero, etcétera. Brumario venía a caer del veintipocos de octubre al veintipocos de noviembre.

La repetición de las elecciones caería, por tanto, en este antiguo mes de Brumario, sin trascendencia en el mundo de hoy. ¿O sí…?

En la Historia Contemporánea, Brumario tiene una resonancia que va mucho más allá de la efímera inventiva de aquellos revolucionarios. El 18 de Brumario (9 de noviembre, coincidencia casi exacta con una hipotética repetición electoral), un tal Napoleón Bonaparte dio el golpe de estado que derribó el Directorio, encaminándose a la cima de su poder personal.

El mundo es otro, afortunadamente, y el parecido de nuestro presidente en funciones con el Emperador es simplemente ninguno. Lo resumo así, y acabamos antes. Pero me es imposible contener la imaginación.

Antes de su Brumario, Napoleón ya es un militar popular, conocido. Ha plantado cara a los ingleses en Egipto — aunque mejor no entrar demasiado en los detalles —, y cuenta con el apoyo del Ejército y del pueblo. Nuestro presidente en funciones es un político popular, a tenor de los sondeos del CIS — tema polémico donde los haya —. Plantó cara a las fuerzas oscuras de su propio partido, y ahora tiene un respaldo casi unánime en el mismo. Ello incluye a la misma Susana Díaz, que hace apenas dos años se ponía verde lima ante la sola mención de su rival en el partido. Ahí está ahora, rendida a sus pies, más Pedrista que Pedro, más Bonapartista que Bonaparte.

Noviembre, es la cuestión. Brumario. No se pierdan ustedes en fintas o amagos de pactos con los jacobinos de Unidas Podemos. El que les escribe se arriesga a equivocarse, sin lugar a dudas. Y sería el primer sorprendido por un pacto en el ultimísimo minuto, como nos desliza el mariscal de campo Ávalos. Pero el bonapartismo político es un carácter, y tiene sus normas. Las susanas de la vida tienen que acudir entregadas, de rodillas, como aquella Penélope Cruz en los óscar: «¡Pedroooo!». Si no, no merece la pena.

No, Pablo Iglesias es un Robespierre redivivo. ¡A la guillotina política con él! — no es mi deseo, sino lo que advierto en el bonapartismo pedrista —. El fin de la aventura de Robespierre lleva el nombre de otro mes revolucionario: Thermidor. Cae entre julio y agosto. Coincide, además, con el primer fracaso de la investidura. Robespierre y los suyos ya estarían ajusticiados — es un decir, para las garantías de aquella época —.

Les traigo un apunte curioso respecto a Napoleón y su Brumario: «Este golpe de Estado, que en principio pretendía acabar con la corrupción del anterior gobierno y favorecer los intereses de la nueva burguesía republicana, le condujo a recibir el título de Emperador de Francia el 2 de diciembre de 1804».

Es curioso este lenguaje. Porque, pese a la indudable legalidad de la moción de censura que lleva a Pedro Sánchez a su cargo actual, muchas voces cuestionaron la legitimidad de prolongar dicho gobierno sin respaldarlo por unos comicios. Lo que parecía claro es que la moción de censura venía amparada por la necesidad de quitar del gobierno a quien estuvo en la presidencia del Partido Popular en el momento de los más graves delitos de corrupción. Ello vino precedido de la provocación más directa y pública que haya conocido la historia de la democracia española: «¡usted no es una persona decente!». Era la bandera que necesitaban sus tropas. Y buena parte del pueblo.

La segunda parte del párrafo en itálica viene a explicarnos, en buena medida, el fracaso de la investidura en julio, y el más que probable fracaso definitivo en septiembre. «Favorecer los intereses de la nueva burguesía republicana». Costaría un manual explicar el abismo que separa, en la teoría y en la práctica, el mundo de la socialdemocracia del de la «verdadera izquierda», representada en nuestro país por el entorno Unidas Podemos. Insinué algo de ello en un artículo, ejemplificando el apoyo que Sánchez acababa de dar a Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela.

No, Sánchez sabe de sobras que una coalición o cooperación con los jacobinos de Iglesias y los suyos sería un suplicio. Como buen militar de la política, sabe dar las batallas desde una posición ventajosa, esperando el momento oportuno. Interpreta que el pueblo de España ansía la paz — el centro, la estabilidad y la recuperación económica —. Su ejército personal de Ferraz encontró, por fin, si no un líder carismático como Felipe, sí al menos un hombre fuerte y decidido, en quien confiar. Alguien que no va a perder el tiempo con los soviets. Porque estos, ya se sabe, siempre quieren todo el poder, antes o después.

Iremos, pues a noviembre. A Brumario. A consolidar el poder personal. Solo que del Brumario napoleónico salió algo muy diferente. Lo repitió algunas décadas después su sobrino Luis, y sobre este escribió Marx una obra memorable: “El 18 de Brumario de Luis Bonaparte”. Y nos dejó una frase para el recuerdo: «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». Así que si hay una tercera y española — esta vez, urnas mediante y sin sobresaltos, por favor —, probablemente no sea digna de ser reseñada por los libros de Historia.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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