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Amargas, las Torrijas de 2012.

¿Quién no ha probado las torrijas en Semana Santa? Pues mucha más gente de lo que se imaginan. Si ustedes leen estas líneas desde España, particularmente desde Andalucía, les va a parecer que digo bobadas. Sin embargo, preciso es aclarar que estamos en un mundo global, y que te leen donde menos se espera. Así que es preciso aportar la definición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española: torrija: rebanada de pan empapada en vino o leche y rebozada con huevo, frita y endulzada. A lo que tengo que remachar que, al menos por el cuadrante suroccidental de Andalucía, son dulces populares de Semana Santa. Y que salen diferentes según la casa, el obrador y la ocasión. Según se me vaya la mano con el azúcar o con el vino. Y según el vino que use claro. Por eso, las torrijas salen más dulces o más amargas. Y este año parece que vienen amargas. Y a eso voy.

Se amargaron las torrijas en la calle San Fernando de Sevilla, donde el Partido Popular contaba con acometer un cambio histórico – no sabemos cuál – en este sufrido paisanaje, de la mano de una segura mayoría absoluta. No pudo ser, y la cara de don Javier la noche del 25M en el balcón era de atracón de torrijas hechas con vino remontao. Para pensar, don Javier, y para repensar, don Mariano. Que si muchos andaluces hartos estamos de treinta años de trincones y mafiosos saqueando a dos manos, don Javier no tiene menos años en la política, que lo recordamos en este barrio de calzón corto. Y la pandilla que le acompaña no es ni más ni menos brillante. En fin que ahí les dejo apurando el caldo de las torrijas con cucharilla mientras don Javier redactaba su carta a Pepe, pensando qué hacer con su vida.
Pero no andaban muy allá las torrijas de Pepe, ancá tío Felipe, el de Bellavista. Mira, al final del todo, salieron contentos. Porque el vino olía fatal, y quiso Dios que a la cocinera se le fuera la mano con el azúcar. Que pa lo que se esperaba, amargas son, pero se puén tragar. Pero poquito a poco, sin abusar. Porque tío Mariano – casero y padrino de don Javier -, el de los Madriles, anda cortito de dineros. Y organizar una comunidad de propietarios venida a menos, cosa complicada es, sobre todo cuando no puedes dar un paso sin el amén del vecino. Y además la casa huele a husillo que apesta y el vecino te dice que hagas la obra, vale, pero que los malos olores y la alcantarilla los tienes que arreglar. Que tienes que entrar a saco con bichos y fumigaciones, aunque los bichitos fueran tuyos y simpáticos. Que sí, que te deja seguir de presidente de la comunidad, pero cortito de perras y a lo que te digan. No te arriendo la ganancia, Pepe. Y por si fuera poco, la familia medio revuelta. Porque saben que si va en serio eso de la comisión parlamentaria se te desmantela medio partido. En fin, a ti te da igual, tienes 65 y te quedan pocas torrijas que comerte. O te las comerás ya de jubilao, que saben de otra manera.
Las que parecían gloria bendita eran las del vecino, de ése que mandaba tanto ancá Pepe o tío Felipe y en la comunidad. Tenía que dar el amén para todo, pero era hombre poco religioso. Ancá Diego el vino era de primera, pero la cocinera se pasó echando azúcar. Ahora la torrijas están un poquito empalagosas, que es un poco como pasarse tres pueblos. Pues eso. Que hablando como estamos de repostería, el Diego al que no puede tragar es a don Javier. Será por lo de don venío a menos. Agua y aceite, dice en el bar. Y que le dice a Pepe, el sobrino de tío Felipe, que sí, que arreglan la comunidad, pero como él diga, mire usted. Y que las cuentas que Pepe y sus hijos rinden no cuadran. Y que además los niños de Pepe son un poquito golfos, que preciso es vigilarlos. Así que en la reunión de la comunidad, vamos a hacer mayoría, Pepe, que yo a don Javier no quiero ni verlo, pero tú atento a cuando te guiñe el ojo, ¿vale? 
Pero las torrijas de Diego, de dulces que las vendía, no saben a tanto. No hay dineros para tanta reforma ni pa ponerlo tan bonito. Ni siquiera pa arreglarle un poquito el desvancillo a la abuela del sexto, la pobre. Pa ná, que no hay pa ná. Sólo queda pa torrijas. Y pa decirle a Pepe que ojito con las cuentas y con los golfos de los niños. Así que todos a comer torrijas. Y a disgusto. Por esto o por lo otro. Ya veremos el año que viene, Pepe, que a lo mejor don Javier se nos muda y todo.


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