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«Ladridos en la Noche», 2º capítulo, 4ª parte.

© Federico Relimpio Astolfi 2018

—¿Una copita de fino, don Fabián…? ¡Recién sacaíta del horno!

El interpelado sonríe ante este modo de hablar, tan propio de la ciudad. Tiene, por lo demás, casi todos los motivos para estar satisfecho: se dispone a cenar con los miembros más destacados de la Agrupación Sacramental. Visten todos con elegancia, y luce cada uno su medalla de plata con cordón dorado, emblema que muestra la pertenencia a esta añeja asociación religiosa, tan ligada a la historia y la vida de la ciudad. No se trata de cualquier restaurante: cada año, la entidad celebra adecuadamente el pregón de la Semana Grande. El discurso acaba de ser declamado con brillantez por uno de sus miembros más conspicuos: don Fabián de la Torre, prestigioso catedrático de Historia del Arte.

Desde detrás de la barra, un par de ojos coronados de canas vieron llegar a la comitiva y al protagonista de la ocasión. El veterano camarero ha disparado su ofrecimiento y su sonrisa al tener al prócer a un par de metros escasos.

—¡Venga, Currito! — responde el catedrático a un hombre que no cumplirá otra vez los sesenta y tres. Y Currito sonríe complacido a la concurrencia, tomando nota de las peticiones. Es posible que haya olvidado que se introdujo entre estas cuatro paredes a los catorce, limpiando botas. «¡Venga, Currito! ¡Sácales lustre!», le decía por aquel entonces don Fabián padre, que en gloria esté, mientras se acariciaba la medalla. Y ahí que se afanaba el chaval, para recibir luego una palmadita en la espalda y una monedilla. Y don Fabián hijo se hizo hombre a la vista de un Currito varios años mayor que él, pero siempre Currito, pese a sumar primero años, y luego décadas.

—Don Fabián… ¿Va a publicar usted el pregón…? «Esas manos de amor divino, en cuyo hueco se encierra el dolor de la Pasión…» — una encendida devota del orador se le aproxima con los ojos llenos de fervor. Las lágrimas de la buena señora logran arrancar una sonrisa bajo el bigotillo entrecano.

***

—No… Nada… No… No, mamá… Qué va… ¿El Hot Body…? Hace una semana que no saben nada de Julio… Por cierto: que si aparece, que se ha dejado un par de facturas sin pagar… Raúl tampoco sabe nada de él… Hace una hora… Digo que lo llamé hace una hora… ¿Qué dices…? Acerca la boca al móvil, que te oigo fatal… Alberto; el número me lo dio Alberto… No, Alberto tampoco sabe nada… ¿El móvil de Alberto? Me topé por casualidad con su hermana hace un rato… No sabe nada de Julio; hace meses que no lo ve… Sí, sí; ya sé que eran muy amigos, mamá, pero ya conoces a tu hijo… Alberto ni sabe ni quiere saber… Ni idea, lo que te estoy diciendo… Ni si está metido en líos o deja de estarlo… Que pasa de él… ¿Y yo qué sé por qué, mamá? ¿Te da a ti explicaciones de las relaciones con sus amigos…? ¿Raúl? ¡Peor aun!… Me ha soltado un «si no aparece, me tengo que preparar sus clases para el próximo lunes»… Un cubito de hielo habría sido más cálido… ¿Y a mí qué me preguntas, mamá…? ¿Que qué más se me ocurre? ¡Que lo eches a patadas nada más asome la jeta por la puerta!… ¿Mamá…? No, mamá… No… No… Eso no, mamá… Eso no vale, mamá… No te me eches a llorar ahora, mamá… No… No… No vale… Te repito que no vale… Y otra vez con lo mismo… ¡No me digas que soy de piedra, mamá, que no te lo aguanto!… ¿Quiénes estamos ahora contigo buscando a Julio…? ¿Ya no te acuerdas del sofocón del verano pasado…? No, mamá, no… No me vale lo de «lo pasado, pasado»… Que no me vale, mamá… Que para las agarradas siempre estamos las mismas, y luego llega el principito sin avisar, como siempre, y la sonrisa no te cabe en la cara… No llores, mamá… Que no, que no vale… Que llevo la razón y lo sabes… Que no hay derecho… ¿Por qué va ser, mamá? ¡Porque no tienes ojos en la cara ni seso detrás de la frente! ¡Y siempre por el mismo! ¡Y por las mismas razones!… Venga… Venga… Deja de llorar ya… Venga, mamá… Venga, perdóname… Me he pasado tres pueblos contigo… Vamos, dime algo… Dime algo, mamá… Ya verás como aparece, que no es la primera vez ni la segunda; ya lo conoces… Le gusta escabullirse así, de improviso, sin dejar razón ni rastro… Venga, no llores más, que seguro que no le ha pasado ná… Vamos, mamá, no llores, que seguro que vuelve dentro de un rato, o mañana por la mañana… Como si nada, como siempre… Venga, venga… Adiós, mamá… Hasta luego… Venga, un beso… Adiós, adiós…

Lucía pulsa la tecla roja del móvil. Lo ha hecho con una dosis de violencia, como con rabia. Un metro y medio más allá, encuentra la prudente compañía de la compa, que mantiene su café en los labios y la mirada a distancia, en un inútil intento de hacerse invisible.

—Dame un cigarro…

Tres palabras de Lucía para reclamar la vuelta de los ojos de la compañera. Rocío saca el paquetillo, ofrece, y extrae uno para ella misma.

—Luci…

—¿Qué?

—El Hot Body

—Sí, el Hot Body… Justo lo que estás pensando — responde Lucía, clavándole una mirada que traspasa.

—¿Y tu madre? — Rocío se jura que es la última pregunta.

—De eso no se habla en casa, compa… Nunca.

 

CONTINUARÁ…

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Nota: «Ladridos en la Noche» es una novela completa, disponible en papel y eBook, aquí.

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Tengo la intención de publicarla en modo libre, poco a poco. Claro que si algún impaciente se hace con ella, se ruega tenga a bien no desvelar a la comunidad lectora lo que acontece más adelante.

Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

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