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Acatar las Leyes con el Corazón Partío…

En esto de la sentencia del tribunal de Estrasburgo y de la excarcelación de la etarra estoy un poco perplejo. He leído esto y aquello y he intentado enfriarme antes de emitir mi sentencia particular, cuya validez es ninguna, pero quiero exponerla un momentito.

Dicen los que saben que parte del problema es que el código penal franquista vigente cuando se juzgan estos casos era blandito. De aquella época me acuerdo. Que te podías cargar a quien fuera que estabas en la calle en relativamente poco tiempo. También dicen los versados que la doctrina Parot fue una estratagema irregular para impedir que este tipo y otros muchos se acogieran a las leyes del momento y salieran a la calle. Ahora vienen desde fuera, les dan la razón y tenemos que ponerlos en la calle, quedando además como prevaricadores.

Y uno dice que, como simple ciudadano, de ello nada entiende. Doctores de la Ley hay en este país – y fuera, según se ve -. Acátese, que si no es el caos. Y hasta ahí llega la razón.

Pero uno tiene una edad y un corazoncito. Y no se me olvidará nunca la muerte a cámara lenta de Miguel Ángel Blanco. Y las de tantos, tantísimos otros. No son muertes anónimas, a olvidar como inútiles escollos en un proceso político. Fueron padres, hermanos o hijos de unas personas que siguen sintiendo un vacío. Podrá faltarles el consuelo de la Ley, del Estado, de los políticos. Pero no puede faltarles el nuestro.

Las víctimas del terrorismo sanguinario de ETA, como las víctimas de la Guerra Civil o los represaliados por el franquismo, han existido y el dolor por su pérdida ahí continua. La excarcelación de etarras es ley y ley nos obliga. Somos civilizados y no fascistas, como ellos nos llamaban. Si hubiéramos sido eso, ahora habría que buscarlos en una fosa común o no podrían buscarlos en parte alguna. Pero el Estado Español no era fascista y le aplicó leyes. No los mataron secretamente en las cárceles – “que parecieran suicidios” -. No, señor: ahí están, vivitos y coleando, y se disponen a pisar las calles y mostrar su sonrisa cínica y defender su causa, mientras nuestros muertos no pueden defender nada.

¿Qué me queda? En primer lugar, expresar mi solidaridad. Las víctimas del terrorismo son y serán siempre mis muertos. Fueron y serán siempre de mi familia. Hoy soy María del Mar Blanco, soy Consuelo Ordóñez, soy padre, madre, hermano o hermana, mujer, hija o hijo de tantos. Porque antes que eso y después de eso soy sobrino-nieto de José Luis Relimpio, delegado provincial de trabajo del gobierno legítimo de la República en Sevilla en julio del 36 y vilmente asesinado por el infame Queipo de Llano en los primeros días de la rebelión militar. Mi familia sabe, pues, de sangre. Lo suficiente como para odiar todo tipo de causas que requieran verterla.

Nos queda, además, la dignidad. Allá donde vayan, recobrada la libertad, preciso es recordar que no son gudaris ni luchadores por la libertad del pueblo vasco. Son una panda de asesinos o asesinas. Allá donde vayan, si los reconocéis, no evitéis su mirada ni desviéis el camino. Afrontad su presencia en silencio. Que sean ellos o ellas los que encuentren una nueva prisión en la mirada de desdén o de reproche, los que opten por morir socialmente entre las cuatro paredes del caserío o del pueblecito. Porque libres ellos, no es justo que aprisionen nuestra mirada. Más bien al contrario, es nuestra actitud decidida, sin violencia, la que les dirá que en esa calle donde los jueces les pusieron están de más.

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