Hace días, se reunía nuestra ínclita Presidenta de la Junta de Andalucía con la guardia de corps que gestiona la tercera parte del presupuesto autonómico: los gerentes del Servicio Andaluz de Salud (en adelante, SAS).

Muchos, los problemas ahí tratados, a puerta cerrada, según informa la prensa. De ellos, uno se va revelando acuciante: nuestros galenos se nos jubilan a paso tambor, especialmente en Atención Primaria.

¿La solución? Los gerentes la tienen clara: abrir el grifo de la máquina formativa, que para nada cambie el panorama laboral de las décadas pasadas: “esto es lo que hay, niño; y si no quieres, hay seis ahí en la puerta, esperando”.

Supongo que no les sorprende este post; llevo escribiendo de esto varios años. La circuitería interna del directivo del SAS no da para más, y a peor que va, en los últimos años. Si algún barniz les dio la Escuela Andaluza de Salud Pública, acerca de motivación y RRHH, debió perderse hace mucho. Vemos lo de siempre, en general: de puertas adentro, brutalidad, gesto adusto y grito – más callado o explícito -. De puertas afuera, sonrisa beatífica y arpa angelical.

Hace años, escribí que solo una crisis demográfica, en forma de ola de jubilaciones, podría jubilar – y valga la reiteración – este modo de pensar y actuar tan sólidamente instalado en la Sanidad Pública andaluza.

El SAS se creó en un momento en que disponía de una sólida bolsa de varios miles de licenciados en Medicina y Cirugía en el paro. Sus directivos, por tanto, se acostumbraron a un comodísimo maná que creían inagotable: siempre habría dos o tres pardillos en la puerta, implorando que les dejaran trabajar, aunque fuera con un contrato de fin de semana. Está claro: solo la rareza da el valor a la gema. Y el directivo del SAS, así como la población andaluza, se familiarizaron con que había un cirujano cardiovascular y un dermatólogo en cada vecindario, en la cola de la ferretería. Y no les faltaba razón, en parte. Solo les faltaba algo de perspectiva: la noción de que ello era un accidente histórico, y que la misma historia se lo llevaría.

Quiero decir, con esto, que un generalato acostumbrado a la brutalidad y al cinismo, se encuentra, de pronto, con una tropa mermada y requemada. Se les ocurre, como vemos, soluciones facilonas cuyo resultado veremos, que no es tan fácil – depende de una regulación y un mercado nacional -. La oficialidad descubre, desconcertada, que el soldado tiene su valor, en los tiempos que corren, y de que la patada en la boca no es buena táctica. En el nuevo panorama, es posible que veamos instalarse una sana competencia entre CCAA y entre hospitales y distritos por reclutar personal y fidelizarlo, ofreciendo mejores condiciones, y desterrando a los sargentos patateros ladradores a los lugares donde no puedan hacer más daño de lo que ya nos hicieron. Que la gestión basada en el puñetazo en la mesa o en la consigna-palabro de moda solo sirve para espantar a gente valiosa y para descapitalizar a lo mejor de una empresa: sus recursos humanos.

¿Que no lo ven aún? Ya lo ve el de enfrente. Al tiempo.

K.O.L. Líder de Opinión

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Federico Relimpio

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