Rocoso. La mejor palabra que se me ocurre en este momento. El apoyo popular al PSOE de Andalucía no merece otro calificativo. Resiste viento y mareas, y ahí persiste, como algo eterno, inalterable.

Si quisiera engañarme o engañar, como hacen muchos políticos, diría que se trata de una simple encuesta, y que la única válida y verdadera son las urnas. Aserto válido, sin duda, que demuestra el enfado íntimo ante un sondeo que demuestra un estado de opinión contrario a sus opiniones. También cabe relativizar el dato, y achacarlo a tal o cual coyuntura. No me parece esta una opción respetable: el número de escaños atribuidos al PSOE en el Parlamento de Andalucía es el mismos, aproximadamente, que tiene en el momento actual, y el resto de grupos parlamentarios varían poco, relativamente.

La foto política, pues, de Andalucía, es la que es, nos guste o no cómo hayamos salido. No le peguen al retratero. Ni a la niña.

Analizar en cuatro líneas cómo un pueblo de casi ocho millones – un pequeño país de Europa Occidental – sigue votando lo mismo, en esencia, después de casi cuatro décadas excede a la capacidad de quien esto escribe y a los límites de esta nota. Ahí esta, el tema: el feudo socialista andaluz, para quien lo quiera estudiar a fondo.

Pero que a muchos nos apasiona el fenómeno, por incomprensible. Perenne en la cola de los principales indicadores sociales, sanitarios y económicos (empleo, cualificación, pobreza y sus correlatos sociosanitarios). Incapaz de avanzar un solo centímetro hacia la convergencia con el resto del país del que forma parte. Inválido ya – creo – el discurso del atraso histórico o la postergación franquistas – ¡pasaron ya más de cuarenta años desde la muerte del dictador! -.

En tal contexto, cualquier forma de oposición mínimamente creíble arrasaría. Sin embargo, la situación central del PSOE de Andalucía inactiva hábilmente cualquier esfuerzo opositor, remedando lo que hiciera Felipe González durante su largo reinado, en los ochenta y noventa.

De este modo, el Partido Popular se presenta como “los malos”. Descritos como herederos políticos del franquismo y del bando ganador en la Guerra Civil – con quienes no quisieron distanciarse con claridad -, en fecha reciente se les atribuye los recortes y, por tanto, las penurias de los servicios públicos en Andalucía. Si hay listas de espera para operarse, la culpa es de los franquistas del PP. Y si la sanidad pública andaluza invierte por habitante la tercera parte que vascos o navarros, es que los derechistas de Rajoy nos castigan. La propaganda institucional andaluza insiste: «nosotros conseguimos lo mejor para usted, porque somos un gobierno muy eficiente. Sacamos más de cada céntimo. Por ejemplo, la subasta de los medicamentos. Pese a los médicos quejicas o protestones». Vende. Enhorabuena.

A la izquierda, Podemos se presenta como “los locos”. Los comunistas de toda la vida que, a lo mejor, hacen un buen papel en el sindicato o en algún ayuntamiento de poca monta. Pero, puestos a gestionar un gran presupuesto, la cosa hace aguas. Nos podemos asociar con ellos – a fin de cuentas, qué padre sociata no tiene una hija podemita — para completar mayorías. Un tiempo. Pero nada serio. Alguna consejería de poca monta, en todo caso. Para recordar lo rojos que fuimos en nuestra juventud. Y cuidadito, que la Teresa Rodríguez esta, nos tiene ganas. Sus votos son nuestros votos.

Aquí, al ladito, “los nuevos”. “Los naranjas”. Rara avis. Melón por calar. No nos la dan: huelen a ultraliberalismo que apesta. En el fondo, son más derecha que la derecha. Pero el Partido Popular, por lo menos, tiene la muñequita de flamenca en casa. Este Rivera me recuerda a Macron. Y la Arrimadas esa, nos vale para frenar a los indepes en Cataluña. Pero aquí, en Andalucía, el centro lo ocupamos nosotros. Ojo, que no somos de centro: ocupamos el centro, que no es lo mismo. Nosotros somos de izquierda. Una izquierda posibilista y democrática. Somos el PSOE de Andalucía. Los buenos.

“Los buenos”. Los socialistas. ¿A alguien le cabe alguna duda? Trajimos los fondos europeos y las autovías, el AVE y los trasplantes. Y tantas cosas, que no me caben en la página. Pero que me llenan las urnas de votos. La de los peperos es corrupción, sin lugar a dudas. La nuestra no, no llegamos. Podemos tener “irregularidades”, que se cometieron a favor de “la gente”. Nuestra gente. Y que lo comprende bien: míralo ahí, en las encuestas, el apoyo, que no cesa.

Forzados a elegir entre “malos”, “locos” y “nuevos”, el andaluz opta por quedarse como está, no le extraña a nadie. Y, sin sorpresas, como está se queda, el más pobre de la clase, junto con los extremeños, pensando en si se trata de un destino fatal, que la profe le tiene manía o si es víctima de la conjura de los “malos”. Da la impresión de que todo lo escrito acerca de nosotros se repite una y otra vez, porque las estirpes condenadas a tantos años de pobreza y postración no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Federico Relimpio

 

 

 

@frelimpio

 

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