Primero, no se escribe en caliente. Segundo, no se excitan las pasiones. Y, mucho menos, las peores, las que piden cosas horribles.

Dicho lo cual, es preciso subrayar que ciertos debates vienen siendo ineludibles. El pensamiento más clásico insistía en la responsabilidad individual del delito, y en la acción punitiva puntual – con todas las consideraciones debidas – de la Justicia. Un poco, aquello de “el que la hace, la paga”, para entendernos. Eran otros tiempos, aunque de ellos derive mucho de lo actual.

Frente a aquello, una corriente – que ya tiene sus décadas – puso el acento en la responsabilidad social del delito. Según esta perspectiva, somos todos, de una forma u otra, los que consintiendo por activa o por pasiva una serie de mecanismos de injusticia social – u otras aberraciones – venimos a favorecer una desestructura circundante, que será el caldo de cultivo ideal para el delito.

Ateniéndonos a esta interpretación, la punición individual es hipócrita y contraproducente, ya que no ataca el mal de raíz. De un modo más claro: de nada sirve encarcelar al ladrón, si no arreglas la desigualdad social.

En el mismo sentido, una sociedad enferma tiene el deber de favorecer la reinserción social del penado. Tal es el sentido de nuestra Ley: la pena no tiene otro sentido ni orientación que promover la pronta reincorporación de aquellos cuyas conductas tipificables y punibles fueron engendradas – en buena parte, así se considera – por los mecanismos mórbidos de la misma sociedad.

¿Les parece sólido, el discurso? Desde luego, funciona. No lo critico en la base. Así ha de seguir. Es el discurso de la civilización. Solo que, con afirmarlo, una vez y otra, no desaparecerán ciertos matices que hoy traigo a colación.

Delito sexual, por ejemplo. Un tipejo que arrastra una idea bien extendida por el código machista: “fuérzala, que al final, a todas les gusta…”. Y, sí, también hay una participación social en ello, pero difícilmente controlable o reversible. La cuestión es que el tipejo es más que capaz de llevar a cabo dos o tres violaciones con homicidio, antes de que lo cojan. Es un simple ejemplo. Hay otros.

Pero el tipo de nuestro ejemplo no va a estar más de quince años en prisión. Si lo juzgan con veinticinco, a la calle con cuarenta. Porque el fin de nuestro Sistema es la reinserción, lo acabamos de decir. Y en prisión su conducta es modélica, oiga: mire cómo respeta a los otros. Varones, por cierto. Tan o más fuertes que él. Y en los últimos años, si se le concede régimen abierto, bien que se cuidará de infringir las normas. De tonto no tiene un pelo.

¿Conocen la fábula de la rana y el escorpión? Pues se la leen, que lo merece. En este caso, se aplica. Corolario: que siempre a uno se le impone su naturaleza, y no conoce más límites que las leyes y los palos que le va dando la vida. Pues, para muchos de estos, quince años no es correctivo suficiente. Ríanse de psicólogos. Echen mano de estadísticas. A los cuarenta, el egresado de prisión por delito sexual – y de otros, hay perfiles: psicopatías, crímenes sádicos y un larguísimo etcétera – tiene una elevada probabilidad de reincidencia. Y, en nuestro ejemplo, para muchas chavalas y sus familias no habrá segunda oportunidad, por muchos crespones negros que pongamos en redes sociales.

Hace días, tuvimos en nuestras calles el clamor multitudinario de las mujeres. A mí, no me hace falta que haya un día especial: vivo con dos de ellas, y trabajo con unas pocas, de un buen abanico de edades. Tengo una relación más que fluida con ellas, y sus dichos y pensamientos pueblan mis escritos y mis novelas. A ellas les debo esta opinión y este post. Quiero recoger hoy una aspiración tan elemental – y previa – como la igualdad de derecho y de hecho: que las dejen en paz de una puñetera vez. Que no las acosen, que las dejen currar, allá donde estén, sin toqueteos, insinuaciones o miraditas. Que las dejen divertirse, allá donde les dé la gana, y como quieran ellas vestirse. Que las dejen volver a casa, sin que se mueran de miedo, cuando oyen unos pasos detrás. Que no las violen, en grupo o individualmente. Y que no se las carguen, si esta o la otra contradice al acervo machista, y se resiste. O si no obedece. O si no se calla. O si no… Que las dejen, vaya, que ya tienen bastante.

El respaldo de lo anterior, exige afinar un poco nuestra política penitenciaria. Y la filosofía que hay detrás. El cuidadoso análisis de los datos nos aporta que, desgraciadamente, hay estructuras mentales que no son reinsertables socialmente, o lo son con mucha dificultad, pese a cualquier pretensión bienintencionada. Y que, por tanto, el fin de la pena – reinsertar al penado -, choca en algunos casos con un fin superior – a mi modo de ver -: proteger a la sociedad.

En las últimas décadas, con demasiada frecuencia se ha deslegitimado todo planteamiento en favor de un mayor rigor en determinados casos, aduciendo con demasiada simpleza que se trata de una venganza social, no justicia. El resultado lo tenemos a la vista: reinserciones fallidas, y criminales irredentos en la calle, al final de condenas cuestionablemente cortas o acortadas, pese al aviso de psicólogos criminalistas de la inexistencia de garantías de reinserción. Y, de nuevo, el escorpión con la rana: “no puedo evitarlo, es mi naturaleza”.

Cabe pues, invocar un nuevo argumento para reorientar la Justicia y lo penal: la obligatoriedad del ordenamiento jurídico de proporcionar protección social. La sociedad se protege eficazmente contra la hipertensión, el tabaco o el analfabetismo. Se protege igualmente contra las armas en manos de particulares e intenta protegerse contra el tráfico de estupefacientes. ¿Por qué no va a protegerse contra la libertad de acción de criminales convictos y confesos castigados por crímenes horrendos, y que exhiben lo que estadísticamente se denomina muy escasa probabilidad de reinserción social?

Federico Relimpio

 

«Federico Relimpio tiene algo especial en su pluma, en su estilo, pues describe situaciones extremas, como las antes mencionadas, con una elegante, perfecta y fantástica ironía» por @Judesty, en su reseña acerca de “Bajo su Piel Tatuada” (picar aquí)

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