Lo de los restos de Queipo sí es un problemón, Antonio. Sí lo es, y vaya aquí un respeto a su saber y su hacer, y a su veteranía. Vaya por delante que me inicié en la lectura de la prensa con el ABC de Sevilla, hace muchas décadas, y ahí estaba usted, Antonio Burgos, todos los días. Ahí estaba, en los ochenta, a recordarnos que estos — que siguen mandando — se lo llevaban calentito, cuando eso no se podía decir sin que lo mandaran a uno directo a la caverna. Pasó el tiempo, y se verificaron fatalmente sus tempranas apreciaciones. Y yo que las leí en su momento, me hago hemeroteca instantánea de aquellas líneas de los ochenta.

Dicho lo cual, con la venia y el mayor de los respetos le digo a usted, mi mayor en esto de la pública reflexión: lo de los resto de Queipo sí es un problemón. Un problemón de cojones, y usted me perdona por mi lenguaje tabernario.

Y me explicaré como mejor pueda, pidiendo perdón por mi torpeza: el 36 fue ayer mismo. Es hoy. Es todos los días. Vivimos con el 36 a cuestas, mal que nos pese. Y nadie con dos dedos de frente me acusará de rojeras ni querer labrarme un puestecillo a la sombra de los poderes. El 36 está tan vivo como la balacera de Annual, y como la sangre que aún corre fresca en Monte Arruit. Tan vivo como la determinación de los de Baler. Explicándonos por qué usted y yo habremos repetido tantas veces lo de “más se perdió en Cuba”, “cachis en los moros”, y mil expresiones más que pertenecen a un acervo. Para concluir que los pueblos tienen una memoria indeleble, que se teje con mil cicatrices: jóvenes que nunca volvieron, o que volvieron tullidos. Niños que crecieron sin padres, y mujeres que criaron pobres y solas.

El análisis del 36 es complejo, sin duda, y no soy yo de los que quieren refrescar odios. Justamente por eso, porque los quiero muertos y bien muertos. Médico, como soy, sé de la importancia de cauterizar la herida, o permitir su cierre adecuado. Y el golpista de Sevilla, el asesino de miles, no puede tener un mausoleo en el corazón del barrio que llenó de viudas y huérfanos. No lo puede permitir ni un momento más una Iglesia Católica que predica el amor y el perdón, pero también la justicia. Tampoco lo puede permitir una Hermandad de la Macarena que a todos se quiere abrir, sin lugar a dudas, y que fácilmente puede superar esta página con un simple gesto.

Sí, Antonio, permítame que insista, que insistamos una y otra vez: tenemos un problemón. El simple problemón de querer vivir en paz con nuestra historia y nuestra conciencia. De entrar o no en un lugar de culto, o simplemente de saber que existe, que suficiente es. Que no se trata de venganzas o rencores, sino de la justicia más elemental: que la Iglesia Católica sevillana y la Hermandad de la Macarena tengan ese gesto de grandeza y de nobleza de decir basta, y retirar los restos de Gonzalo Queipo de Llano y Sierra de su lugar actual. No más. No menos. Y usted me perdona, maestro, por este rapto de atrevimiento.

Federico Relimpio

 

 

 

@frelimpio

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