Como veréis, me he resistido bastante a escribir acerca del tema. Porque parece que no hay otro, en este momento. A veces, solo ciertas perspectivas le permiten a uno abordar ciertos temas con desapasionamiento.

Hemos leído de todo: desde la Transición y Tarradellas. La radicalización nacionalista progresiva de un pueblo y la inmersión lingüística. La interiorización de cierto relato. El torpedeo interesado – y torpísimo – por parte del PP de Rajoy del intento pactista de Zapatero y el nuevo Estatut. La rebelión de Mas y los suyos. Todo. No he leído, empero, una perspectiva demográfica.

En los años treinta teníamos un pueblo catalán más puro, si queremos verlo así, y si eso existe. La ERC de aquel tiempo, Macià y Companys, eran sus vehículos y representantes más genuinos – discutible todo, como siempre -. Y luego, la maldita Guerra de España. De España y de Cataluña.

La Cataluña reciente cambió demográficamente con gentes de otros lugares de España – sobre todo andaluces -, y se pobló de otros acentos. Se hizo un lugar próspero y cosmopolita. En la Transición, ERC era un partido minoritario. En el espectro político, había de todo, en clave catalana y estatal, partidos de izquierda, de centro y de derecha. De allá a esta parte, CiU fue el vector nuclear de la autonomía catalana – quasi Estado Federal – y Pujol su principal facedor, imprescindible en Cataluña, y casi, en España. Tuvo las manos libres para la inmersión lingüística y preparar a una generación para lo que vemos ahora, según cierto relato.

Pero…

La demografía es traicionera y Putin lo sabe – ahora verán a qué viene esto -. Él, hijo de una Unión Soviética temida y respetada, soñaba con restaurar eso, el temor y el respeto. Le falló eso, la demografía: una contracción previsible de la población sin la que no hay imperio que valga. No es problema solo de Rusia, afecta a Japón – alarmante, por cierto – y a casi todo Occidente. Curioso discurso, el de la xenofobia, donde los nacionales de donde sea – especialmente las etnias llamadas puras – no garantizan el reemplazo generacional y, por tanto, un proyecto de futuro nacional.

La Península Ibérica no se salva de este problema. Ni Portugal, ni España – algunas partes salen peor paradas que otras -. Ni tampoco Cataluña, por cierto. Si el presente ya es urbano, el futuro será metropolitano – se prevén tres grandes metrópolis en la Península en pocas décadas, dos de ellas, Madrid y Barcelona -. Será con toda probabilidad un contexto multirracial y multilingüístico, intercontectado, de gentes que van y vienen. Un panorama de mestizaje de lenguas mayoritarias, que casa mal con predominios étnicos o de lenguas hermosas, pero minoritarias, por mucha inmersión o hegemonía que se pretenda hacer.

Puigdemont lo sabe de sobras: la suya es una carrera contra el tiempo. No en meses, ni años, pero sí en décadas. Es posible que se tenga que entender en Español – con acento latinoamericano -, en Inglés o en Portugués, con sus cuidadores, en la residencia de ancianos, sea cual sea la fórmula con la que se gobierne Cataluña en ese tiempo. En cierto sentido, él y los suyos me recuerdan al indignado votante de Trump, gritando “America First!” y “English Only!”, ante la evidencia de un país cada vez menos blanco y menos monolingüe, y, para su desesperación, progresivamente multirracial – incluso en cuotas de poder – y diverso en lo lingüístico.

Mas, primero, y Puigdemont, después, hombres del mismo aparato, han forzado la máquina hasta la extenuación, rompiendo todos los corsés de la legalidad y presentando como referéndum aquello que es imposible que se tome como tal, incluso tras el bochornoso espectáculo de las porras y las pelotas de gomas. Lo hicieron a la desesperada, aliados con lo que pudieron encontrar, con los anarco-antisistemas de la CUP mismo, con lo que hubiera a mano, a sabiendas de que les quedan pocas balas en esta guerra – por llamarla de algún modo -, que los procesos de independencia de nuestra época tienen unas reglas del juego concretas y definidas, y que la marea de la demografía acabará relegando su mundo étnico-antropológico-cultural a la categoría de parque temático, a proteger y cuidar como si del lince ibérico se tratase.

Nota importante: insultos no, por favor. Opiniones, bienvenidas todas. No se censura nada.

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Federico Relimpio

@frelimpio

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