César, frente al Rubicón. Las legiones, detrás. El vértigo de la Historia: pasarlo o no. Ser o no ser, que escribió don Guillermo, tantos siglos después.

Puigdemont ante su discurso en el Parlament, el martes. Una eternidad, desde el uno de octubre. Y el 6 y 7 de septiembre están ya en el Paleolítico, poco menos. Desde entonces, muchos catalanes votaron – otra cosa es cómo y qué – y Puigdemont obtuvo su máxima renta política. Tras aquel domingo, el lunes de la ducha helada: una Europa que no quería saber de aventuras, con porras o sin ellas, con urnas o tractores.

Los vientos fueron virando a lo largo de la semana: la gran empresa le dio una segunda ducha helada y, el domingo siguiente, la Ciutat se llenó de gente enemiga, con sus cánticos y banderas. Se presentaba así, a esa Europa deseada, un relato alternativo: la de una Cataluña silenciosa – hasta ahora -, e incluso silenciada – por una TV3 bien pagá por un oficialismo sectario -, en riesgo de ser marginada por un nuevo catalanismo excluyente, arrollador. Algo con lo que esa Europa no contaba: el relato de una Cataluña plural, europeísta, oberta, oprimida por la otra Cataluña, de pureza tribal.

Las cartas sobre la mesa, los ejércitos desplegados – los del siglo XXI: mediáticos, económicos -, Puigdemont ante su botón nuclear: ser o no ser. César o nada.

Es preciso explicar que, cruzado el Rubicón – y derrotado el enemigo en Farsalia, que esa es otra -, la Urbe prometida a las legiones catalanistas no es precisamente dorada. Este nuevo César tendrá que explicar a sus pensionistas y funcionarios el terrible retroceso del poder adquisitivo, pero, sobre todo, el derrumbamiento de las prestaciones sociales y sanitarias. Tendrá que explicar, además, lo que vale una prótesis de cadera, un tratamiento antirretroviral, una bomba de insulina o una segunda línea de quimioterapia. Y cómo un país que fue líder en vanguardias biosanitarias retrocede a retaguardias que no quiero ni imaginar. Tendrá que explicar también deterioros en redes viarias o transportes públicos. En universidades y escuelas. Y en seguridad vial y general. Algo para lo que acuñamos lo de venir a menos, en román paladino. O apretarse el cinturón. Pero varios agujeros. Y durante una buena temporada.

El resto de los españoles también sufrirán, sin duda, pero ello poco importa al César. Ellos son el enemigo, a fin de cuentas. “Que se jodan. Haber pactado en mis términos”.

La nueva nación sobrevivirá, sin lugar a dudas, porque ahí están otras. Ahí está Serbia o Uruguay, por ejemplo. Al nivel de Serbia o Uruguay, por cierto. Sin la menor traza de Caixabank o Freixenet (“la pela es la pela”), o de la ciencia del Clínic, que habrá buscado mejor acogida. Pasada una generación o más, la nación entrará en la UE, con Serbia, Croacia y Bosnia y Hercegovina, por ejemplo. Víctimas todos del orgullo tribal.

Al salir de la muralla, se encontrarán con un mundo en el que no habrá, por ejemplo, España ni Portugal – tal y como las conocemos -. Y, en consecuencia, encontrarán escuelas portuguesas en Madrid, y escuelas españolas en Lisboa. Y, en ambas capitales, escuelas francesas, británicas, italianas y alemanas. En las ciudades de menor tamaño, según la población, variando de una a otra. Un mundo donde eso de las banderas se quedará para los museos, cada vez más. Para explicar una época aciaga en la que uno se peleó por su idioma, en lugar de dedicarse a aprender uno o dos más.

Entonces, esa nueva generación de catalanes podrá preguntarse – Puigdemont ya en una residencia de ancianos -: ¿para esto se quedó mi padre sin poder someterse a una segunda línea para el linfoma?

Frente al Rubicón, la grandeza de César no es comprobar el filo de su espada, sino darse la vuelta y mirar a sus tropas, por un momento.

Son gente. Gente sencilla. Gente que te ha creído y te sigue creyendo. La grandeza consiste en guardarte el papel de la arenga prevista, desmontar del caballo, lavarte la cara con las limpias aguas del río para ver con claridad, y dirigirte a la gente:

-No marcharemos hacia el precipicio; andaba yo corto de seny.

Y, luego, fundirte con la masa para dejar de ser César. Y ser nada, por fin. Nada feliz. Nada honrada. Para que ellos dejen de ser tropa. Ni masa. Y que marchen hacia el foro de Roma como cives. A construir la Pax Romanase anticipan debates ásperos, interminables – sin precisar de Bello Civili.

Nota importante: insultos no, por favor. Opiniones, bienvenidas todas. No se censura nada.

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Federico Relimpio

@frelimpio

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