Si antes escribo sobre el tema, antes sucede. Calco del asunto Bawa-Garba, de Inglaterra. Proceso en León, un R1 en tribunales. Prescindo de los detalles, que ya los saben de sobras. Incluso verán que he sido tardío en opinar. No quiero precipitarme.

Porque es mucho lo que hay en el brete, aquí y allí. Leedlo, los que estáis a punto de darle al botón del M.I.R. No es baladí en absoluto. He escrito que los M.I.R. sois élite – no voy a repetir las razones – y, sin embargo, este país – como otros – os trata como carne de cañón social. Y me explico.

Vais a darle al botoncito para elegir especialidad y hospital. Un mundo nuevo, ¿verdad? El momento de pasar del flexo y la teoría, a la realidad del paciente. Sin embargo, la realidad es mucho más compleja. Y amarga. Lamento ser yo quien os dé una ración por anticipado. Ya me hubiera gustado a mí que me la hubieran dado a tiempo. Porque es interesante conocer las curvas del camino, antes de que te sorprendan.

Con variaciones de un hospital a otro, de un centro de salud al otro, me atrevo a insinuar que el mundo que os espera en el Sistema Nacional de Salud – antes Seguridad Social, o simplemente el Seguro – contiene un común denominador: achicharramiento crónico de la plantilla. Abuso crónico de buena voluntad e ideales por una panda de gestores, directores y jefes. Y se pretende de vosotros lo mismo, más o menos: renovar la sonrisa juvenil y el entusiasmo. Ponte ahí, a currar, sin preguntar hasta cuándo, ni las condiciones, y ya veremos lo de los papeles, que todos empezamos aquí fregando los váteres. Algo así.

Pues a fregar váteres, chicas. Digo chicas, porque sois la mayoría. Lo de los váteres podría parecer una salida de tono, pero la he pensado varias veces. Me explico: fregar váteres es lo que nadie quiere hacer, en un cuartel. Lo que hace el último recluta. A mí me tocó en el 87 – entonces, los varones hacíamos el Servicio Militar obligatorio. Y, casi enseguida, al área de urgencias de mi hospital.

En los cuarteles hospitalarios de nuestra querida España, es urgente explicar qué es urgente – sobre ello tuve ya mi post, en su momento -. Quiero decir que Pepa, Juan o Manuel son enteramente libres de considerar que su estreñimiento crónico, de años de evolución, precisan atención urgente el sábado a las cinco y treinta y siete minutos de la madrugada. Y, dentro de muy poco, el último recluta serás tú, residente del primer año, que ahí bajarás, aterrorizado, pensando que te vas a encontrar un shock hipovolémico, para encontrarte con Pepa, Juan o Manuel, más frescos que una lechuga. Lo que te digo.

El otro aspecto enteramente pernicioso del cuartel hospitalario de nuestra querida España es que, entre cien Pepas, Juanes o Manueles, hay un Miguel que presenta un aneurisma de la aorta abdominal que está iniciado una disección aguda. Un dolor raro, diferente de las molestias que le causa su estreñimiento crónico – que, vaya por Dios, también consta en antecedentes personales -. Claro que la recluta que le atiende solo es residente de primer año. Ni más, ni menos. Por seguir con el símil cuartelero, en el campo de batalla no distinguiría un tanque de una liebre.

Pero estos son los cuarteles de los hospitales españoles – otros, no conozco -, y los médicos están como están. Y más, en urgencias. Así estábamos en el 89, cuando me tocó a mí, y así siguen, que me lo cuentan las hornadas jóvenes, año tras año. Se crea un ambiente peculiar, por llamarlo de algún modo, en el que el residente guay es el que no llama a sus mayores y lo resuelve todo solito. O solita. Un sábado. A las cinco y treinta y siete minutos de la madrugada. Un dolor abdominal que no ve claro. Un estreñimiento, como los otros. ¿Un tanque o una liebre?

Mi residenta de primer año tiene un ataque de angustia, y hace lo que hicimos todos, pedirle de todo, y esperar. Y así pasan las horas, y el paciente ahí, en la sala de espera; ni bien ni mal, sino todo lo contrario. ¿Qué hacer? ¿Dejar el caso ahí, para el turno siguiente? Agotada de veinticuatro horas de guardia, se decide a firmarle el alta con la recomendación de que acuda al consultorio de su médico de cabecera lo antes posible.

Pero no fue posible. Se trataba de un tanque, no una liebre, y arrolló la vida del paciente siete horas después. Y, ahora, la familia, el juez y la opinión pública se preguntan: “¿cómo fue posible?”, mientras piden cárcel, indemnización y una inhabilitación para nuestra infeliz residente. Prematuro fin de varios años de esfuerzos e ilusiones – para ella y sus familiares -.

Fue posible porque aún no caló suficientemente la idea de que un dolor abdominal – como un dolor de cabeza – puede ser algo insustancial, o conducirte a la muerte en horas. Y que un Sistema de Salud que aún no se ha percatado de que un aprendiz no puede tomar decisiones de experto es solo un Sistema de Cinismo. Y si la Justicia aun pretende solucionar el caso con la cabeza del más débil, solo creó un chivo expiatorio para aliviarse el mal de conciencia. Abonado tienen los tribunales el terreno para cien, mil casos más, caso de perderle los ciudadanos el miedo instintivo a las togas negras.

Hay más, hay mucho más en cuestión. Porque normas hay, en muchos centros, para que un residente de primer año no firme un alta. Papel mojado. Se incumplen. Sistemáticamente. ¿Razones? Escarbad en el engranaje profundo de las instituciones. Tal vez sea la incomprensible vigencia de la guardia de veinticuatro horas, insufrible para el veterano, y mucho más para la residente. Se crea un ambiente de “no me llames, si no es un cataclismo”. Pero Miguel no parecía un cataclismo, a los ojos de nuestra residente. O podemos plantearnos si una residente de primer año tiene criterio para discernir lo que es y lo que no es un cataclismo.

Me pregunto, además, como persisten sin resolver estos problemas, después de tantas décadas. Y no puedo sino concluir que, quienes pueden resolverlos, no los padecen. Porque, los pudientes, están en otros circuitos asistenciales. Y los cargos, carguillos o carguetes del poder local gozan del móvil mágico, capaz de despertar al gerente de su sueño, a las cinco y treinta y siete minutos de la madrugada, para que este despierte al jefe de la guardia, y este, a su vez, haga bajar al sénior responsable de lo que sea, que aparte a la chiquilla temblorosa, no se le vaya a ir la cosa de las manos. Y la vida sigue igual, claro.

En cualquier caso, cabe proponer que la guardia de veinticuatro horas es – hace décadas, vaya – dramáticamente insegura para el pobre de Miguel de nuestro post. No hay cabeza que rija un sábado a las cinco y treinta y siete. No hay cerebro que funcione adecuadamente tras casi veinticuatro horas al pie del cañón. Aunque hayas mediodormido tres horas. Imposible diferenciar un estreñimiento de una disección aórtica que se lleva por delante la vida del paciente. Y, muchísimo menos, tras cuatro meses de rodaje en un hospital general.

Por eso, pensadlo: a la hora del botón del M.I.R., y si os gusta una especialidad clínica – médica o quirúrgica -, informaos de que, en el centro que os interese, la plantilla esté codo con codo con vosotros, los sábados a las cinco y treinta y siete de la madrugada. Para estar con el culo al aire, mejor una playa nudista, cuando el tiempo nos dé algo de alivio. Y perdonad mi escritura tabernaria; es que a veces…

Federico RelimpioDe K.O.L. Líder de Opinión:

En resumen, un libro sublime, una pequeña joya muy recomendable para cualquier médico. Debería ser de lectura obligatoria en las Facultades de Medicina.”   Mónica Lalanda (@mlalanda) (picar aquí)

 

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