Morir en urgencias sin asistencia. Pese a todo, no es algo nuevo o sorprendente. Ni siquiera morir así, olvidado o sin supervisión. Quedarse ahí, en un rinconcito e irse apagando poquito a poco, sin que nadie te eche cuenta. Como si fueras un mendigo en un cajero automático, en medio de la calle, cuando se supone que estás en el lugar donde te tenían que salvar.

Descuiden, que no haré alarmismo, ni diré que el servicio que prestamos en las urgencias de nuestros hospitales es digno del tercer mundo. Vayan allí, y comparen. Y, si quieren, vayan a cualquier hospital metropolitano público del primer mundo. Pero, por favor, háganlo solo allá donde no se les coarte el consultar de modo urgente a la hora que ustedes quieran, y donde no haya coste inmediato o tique moderador por hacerlo. Busque y compare, y saque conclusiones.

Las dos muertes recientes en las urgencias de los hospitales andaluces son eventos graves, sin lugar a dudas. En primer lugar, porque solo son la punta de un iceberg mucho más grave y extendido. O de un Polo Norte plagado de icebergs, que se nos manifiesta de este modo. Estas son dos muertes de las que nos estamos enterando, que sin duda hay más, y no solo en Andalucía. La masificación asistencial no es algo nuevo, que uno pasó por urgencias en el 89 y el 90, y ya era un problema. Entonces, ya se minimizaba el problema en los despachos con poder, y se hablaba de los médicos quejicas y alarmistas. Se rebajaba el probema hablando de “picos estacionales” y se enviaba a los seguratas a bloquear el acceso de los periodistas a urgencias. Si me leen los del ABC, seguro que podrán corroborar lo que escribo. Viene de lejos, la vaina esta.

Pasó el tiempo, pero no el problema. De hecho, ahora es mucho peor. Más viejos, más crónicos; más cínicos, nuestros políticos. El segundo iceberg que se nos muestra con estas muertes es el fracaso de un modelo asistencial – que tampoco es andaluz, ni mucho menos -, basado en el hospital como referente de Salud. La peculiaridad andaluza es el poder continuado de un partido que siempre dijo de boquilla lo de la Atención Primaria como “joya de la corona” del Sistema de Salud, mientras la ninguneó descaradamente, primando la tecnología y el trasplante. Eran los tiempos de House, y vendía la robótica y el Da Vinci. Los sufridos médicos de pueblo y de barrio vendían poco, y fueron machacados sin piedad a manos de los cancerberos de la Junta. El papel de los galenos de a pie consistía en ahorrar, o poco menos, para que otros lucieran las medallas hospitalarias, que daban votos a quien fuera, según parecía. ¿A quién le extraña que todo el mundo se fuera al hospital, a cualquier hora, por el motivo que fuera? ¿A quién le extraña que, en medio de la masa, haya el que se muera, mientras espera asistencia?

Tercer iceberg, que nos deja perplejo a más de uno. Varias décadas pasaron desde la promulgación de la Constitución Española. El desarrollo autonómico, en Andalucía y en todas partes, consistió en asumir muchas competencias, pero sobre todo las sanitarias. Y digo: sobre todo la Sanidad Pública, porque se lleva la parte del león del presupuesto autonómico (un euro de cada tres). Es decir: se trata del más importante de sus cometidos. Un punto sensible, por el que, en buena lógica, se podría premiar o castigar al partido en el poder en la Comunidad Autónoma respectiva. Sin embargo, esa buena lógica no existe, en la vida real. En otras palabras: el estado de la Sanidad Publica en la Comunidad Autónoma respectiva no influye apreciablemente en el movimiento del voto regional. Verbigratia: Madrid tiene los peores indicadores, y nada apunta a un cambio de tendencia. Verbigratia 2: Andalucía ha experimentado dificultades ostensibles en los tiempos recientes. Pese a ello, los últimos sondeos indican que el apoyo al partido en el poder continúa como siempre –  “rocoso”, lo califiqué en una entrada reciente -. Otras deben ser las prioridades de nuestra ciudadanía, sin lugar a dudas.

Visto lo visto, cabe deducir que la ciudadanía atiende a motivaciones diferentes de la salvaguarda de los servicios públicos. Que ya asumió que la Justicia es lenta y desesperante, la Educación es un chuleo de una chalavería desvergonzada sobre profesores aterrorizados y que la Sanidad está y estará masificada, un sálvese quien pueda. Parece que la gente se conforma con que no le den un tiro por la calle, y que se celebren las fiestas locales todos los años. Que los partidos de fútbol se celebren con regularidad, y que no se desmadren las respectivas aficiones luego, por la calle. En fin, una vuelta a lo que éramos, hace unas décadas – bueno, entonces los profesores tenían cierta autoridad -. Y cuando la Sanidad eran cuatro casas de socorro, ¿se acuerdan?

Federico Relimpio

 

 

 

@frelimpio

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