Crecí entre relatos tenebrosos de la Guerra Civil, en veraneos en un pueblito de la costa andaluza cuyas calles llevaban nombres como Yagüe, Mola o Queipo de Llano, y a cuyas afueras existía un emblema metálico, bien visible, consistente en un yugo y unas flechas.Miserias de la Guerra

A nadie puede extrañar, por tanto, que el tema de nuestra Guerra Civil, o mejor dicho, la Guerra de España, haya focalizado mi interés durante décadas, en conversaciones, lecturas, documentales y películas. Así lo saben muchos de mis conocidos y amigos, que me tocan un poco el tema, y obtienen una charla. Y mejor aun, si me traen un relato desnudo, veraz: aseguro que tendrán delante los ojos más abiertos y los oídos más atentos que puedan encontrar.

En mi pasión por saber y comprender, extendí mis lecturas a las décadas previas al conflicto, y a sus repercusiones posteriores. Leí Historia y Literatura, una opinión y la contraria. Y, ya centrándonos un poco — ya va tocando —, me apasionaron tres obras acerca de la retaguardia en Madrid: una primera de un maldito, que reivindico, Madrid de Corte a Checa, de Foxá, desde el campo franquista, la tercera parte de la trilogía de Arturo Barea, La Llama, desde el campo republicano y, ahora, la que me toca comentar, Miserias de la Guerra, de Pío Baroja.

¿El campo de Baroja? Cuestión difícil. Probablemente, el suyo propio. Ver si ustedes lo definen mejor.

No voy a hablar de estilo ni de su trayectoria. Se lo dejo a gente más versada. Sí es preciso decir que se trata de una obra tardía, escrita en la postguerra, y que no pudo ver la luz en vida del escritor a causa de la censura franquista. No se publica, inexplicablemente, hasta 2006.

Para hablarnos de la preguerra y de la guerra, Baroja va a elegir intencionadamente a un extranjero, un militar inglés, agregado a la embajada. Me imagino que pensó que solo así se podía ofrecer un retrato desapasionado de lo que estaba ocurriendo en nuestro país en aquellos años. O tal vez intenta distanciarse de las fuerzas salvajes que harán imposible el experimento democrático y colisionarán inevitablemente en el conflicto.

Es de lo más interesante repasar las páginas relativas a la preguerra. El punto de vista de Evans-Baroja subraya el de un estado de cosas imposible, llevado por una serie de hombres incapaces, vacíos de talento político y de habilidad para entenderse. No nos describe, pues, un intento reformista bienintencionado y voluntarista articulado por minorías excelentes. Al contrario: según el narrador, la ausencia de políticos de altura va a favorecer la progresiva radicalización de los extremos, haciendo imposible cualquier articulación democrática. O eso le interpreto, claro.

¿Podría situarse al autor en la equidistancia, a tenor de esta novela? Dejo a cada cual hacer un juicio acerca de esta materia, tras la lectura de la novela.

Sin embargo, la mayor parte de la novela se la dedica a la Guerra. A las Miserias de la Guerra, como su título indica. Encuentro aquí un paralelismo con lo narrado con Foxá en Madrid, de Corte a Checa y en La Llama de Barea. El terror. El terror rojo. La ciudad sitiada, la caída inminente en manos del ejército franquista. La ausencia de un poder efectivo. El poder de las milicias, en la calle, desestructurado y desorganizado, sin ton ni son, haciendo su orden y su justicia, al socaire de las entendederas del jefecillo del día, que domina en una zona concreta. Las requisas indiscriminadas, que no son sino robos. Los continuos paseos, a la orden del día. En consecuencia, los alrededores de Madrid, llenos de cadáveres, cosidos a balazos. Las denuncias anónimas — o firmadas, que igual daba —, para quitarse de deudas: este, que va a misa, este otro, que votó a la CEDA… Especialmente escalofriante, la saca de la cárcel Modelo.

(Inciso: hablo de una novela que narra unos hechos. Paralelamente, había otros hechos de crueldad parecida en la zona franquista. Pero ahí sí hubo mando unificado y una acción represiva organizada y deliberada. Y fueron los franquistas los que detonaron el barril de pólvora).

Es curioso como Baroja no habla de rojos y fascistas. Ni siquiera de rojos y azules. Habla de rojos y blancos, como en la Guerra Civil que siguió a la Revolución Rusa. También es curioso que hable de nacionales — así los conocimos siempre en mi entorno, que no era precisamente franquista —, y no franquistas o fascistas. Y, como en todas las novelas a la que hago referencia, la guerra saca a la luz lo peor y lo mejor de la condición humana: la crueldad o la codicia, como se pone de manifiesto en el caso de Agapito García Atadell — personaje histórico —, y la nobleza de sentimientos, como en el personaje de Hipólito, anarcosindicalista condenado a muerte al que se le ofrece salvarse en pago a favores realizados por puro altruismo, pero que declina, leyendo el Evangelio de San Marcos:

“Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta , espacioso el camino que lleva a la perdición y hay muchos que entran por ella”.

Miserias de la Guerra, de Baroja, si os interesa, facilito el enlace aquí

Federico Relimpio

@frelimpio

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