La Doncella (The Handmaiden) Park Chan-wook, Corea del Sur, 2016

Una buena idea. Una gran idea. De hecho, una espléndida idea. La primera que veo de este director, según creo, un consagrado internacionalmente. Y, como me suele suceder, discrepo de la crítica que, esta vez, se le rinde —casi — incondicionalmente.

Me atraen la época y el tema. Se trata del mundo convulso de la invasión japonesa a Corea, poco antes de la Segunda Guerra Mundial. Hay un trasfondo de lo más interesante, donde se traslada uno a un problema de clases, y a la dinámica imperial. Un mundo que mira con desprecio al otro, y lo domina con violencia y crueldad — como casi siempre, vaya —. Y lo mismo, con las clases dominadoras sobre las clases dominadas. La conecto enseguida con algunas partes de películas universalmente conocidas como “El Último Emperador” o “El Imperio del Sol”, por daros una referencia.

Y ahí, el arranque de la trama: un arribista que quiere introducirse en el mundo dominante, a conquistar — con pérfidos propósitos — a una rica dama secuestrada por un viejo tirano — secuestro que va mucho más allá del encierro o el aislamiento —. Pero aquel necesitará el concurso de una aliada, desde dentro de la fortaleza. Y, de ahí, la necesidad de La Doncella.

No digo más, faltaría más. Spoilers, al infierno. De cabeza.

Lo que más me gustó, la recreación de un ambiente y una época. De lo exquisito que mezcla lo mejor de Oriente – y mucho de Occidente, por cierto -, a la perversidad de unas clases dominantes que se ceba en la mujer, sin que la posición social elevada venga a ayudarla un solo ápice. Por establecer referencias en el tiempo, me recordó en algo al Visconti de “La Caída de los Dioses”, aunque con más sadismo, más perversión. Más repugnante, es la palabra.

Me gusta la trama, con su juego de puntos de vista, en la que nada es verdad ni mentira, sino depende del color del cristal con que se mira y más aun: las posiciones de partida cambian conforme avanza la batalla. En la primera parte se te muestra la historia vista desde un un lado del poliedro, mientras se oculta una terrible verdad que se te revela parcialmente en la segunda parte, al cambiar de perspectiva, para concluir de modo inesperado – incluso para los protagonistas – con el desarrollo de los hechos. La idea es buena. Muy buena, insisto. Especialmente para los golpes de teatro.

Y ahora voy por lo malo. Larga. Muy larga. 145 minutos. Incluso para los amantes del preciosismo descriptivo, como es mi caso — rendido admirador de Visconti en “Il Gattopardo”, mucho más larga —. Porque repite tomas y temas, que podían ahorrarse. Y lo peor, desde mi punto de vista, porque te expone a un porno inesperado, explícito, reiterativo y detallado. No es la mantequilla de “El Último Tango”, precisamente. A las escenas de sangre les pasa algo similar, aunque se repitan menos.

Las interpretaciones, convincentes. Sobre todo, ellas dos. No menciono los nombres: no son conocidos por estos lares. En fin, vosotros mismos, a ver qué os parece.

Federico Relimpio

@frelimpio

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