Curioso, lo de la “gestión compartida de la demanda”. Más por lo que refleja, que por lo que es, en realidad. Sigan conmigo, que se lo explico enseguida. No se trata de que los vea un médico o un enfermero. Es mucho más profundo.

Pero no se preocupen, que no les salgo por la tremenda, ni por la corporativista. En primer lugar, porque la gente es mucho más lista que todo esto. Así que vamos a la esencia.

En primer lugar, que el Sistema hace aguas. Por todos lados. Que no es nuevo; ya lo sabíamos. Pero esto es una virulenta confirmación. Ante una población que envejece y enferma, una población informada y exigente, el seíta sanitario está que ya no tira más, por mucho que lo pintes de rosa y fustigues al conductor. Médicos que se jubilan en masa; reponerlos, difícil o muy difícil, según qué zonas. Tocaba inventarse algo. Algo original y barato, claro está.

Lo de traerse extranjeros es complejo. Es personal de paso, y sin raíces aquí. Les chillan dos veces, y salen corriendo, a lugares más cómodos, o mejor pagados. Lo de obligar a las chavalas recién terminadas no mola. No les mola a ellas, y además es ilegal. Ni pensar en darles buenas condiciones, para tentarlas. Los de arriba llevan décadas dando coces; es la marca de la casa. Sin dar coces, no entienden eso de la gestión de personal. Mejor descafeinar la medicina, que es tan antipática, tan difícil de organizar. Y tan endiabladamente cara.

Y ahí voy, al segundo punto. Refleja el concepto que tienen ahí arriba de la Medicina. Un concepto esquemático, simplificador. Como si los seis años de grado – carrera, que se decía antes – se pudieran reducir a un manual de instrucciones y, estos, a un “basic operation” que te reducen en una paginilla cómo tienes que empezar con el dichoso aparatejo.

Esta gente creen que nos comemos el coco porque nos gusta comérnoslo, que todo es mucho más simple: sota, caballo y rey; un guía-burro, que se llama. Lo sé, porque los conozco bien. Lo piensan, hasta que les toca a ellos – o mejor, a sus niños -. Entonces, se cagan patas abajo, y se buscan al pobre estudioso que aún pervive, perdido por los rincones, y ninguneado por los jefes o jefecillos de nuevo cuño. El que sabe de lo que no sirve de ná en los despachos del poder: de ver enfermos. Pero eso es otra historia.

Les escribo esto porque, esta gentuza, descafeinando la fisiopatología y la propedéutica, esquematizan y diluyen una profesión, pretendiendo que la asuma otra muy diferente – ni mejor, ni peor, ni menor, ni mayor, simplemente distinta – que es la enfermería. Pretenden, por tanto, que una parte de los algoritmos de diagnóstico y tratamiento pretendidamente simples en Atención Primaria, los hagan profesionales como un piano, pero de otra índole y de otro campo. Y, por si fuera poco, igual de deficitarios. Tal vez les salgan algo más baratos, si es que esto llega a aplicarse. Porque, si yo fuera enfermero, me guardaría mucho de meterme en este berenjenal. Bastante que tiene uno con lo suyo.

Si tienen la bondad de examinar cada uno de los contenidos de la “gestión compartida de la demanda”, verán que es un laberinto de extremada complejidad. Léanse “vómitos”, por ejemplo. Hay que tener valor, para meterse con ese Miura, con perdón de los antitaurinos. Lo mismo cabe decirse de “diarreas”, o de “dolor lumbar”. Que la mayoría de los problemas se queda, al fin, en nada, salvo cuatro cosas. Y que hay que tener un rodaje – médico – de mil pares para verlas venir. Y que el toro no te coja, claro. Pero, sobre todo, que no coja al paciente, que es quien cuenta.

En relación con lo que he escrito hace poco relativo al conflicto de la supervisión de los MIR en las puertas de Urgencias: lo que está en riesgo es la seguridad del Sistema. El nuestro tiene muchos–muchísimos problemas. Pero también tenía notables-notabilísimas ventajas. Y no es la menor – ya lo destaqué, en su momento – el hecho – ahora en riesgo – de que en la última pedanía perdida teníamos una chavala que se había leído cuatro veces el Harrison. Que tenía clavado en el cerebro nombres extraños, como sarcoma de Ewing, enfermedad de Cröhn, tiroiditis de Hashimoto o arteritis de Takayashu. Alguna vio, en su rotatorio, y le tocó dar la sesión clínica.

Y, por tanto, la mujer se huele al vuelo – como un tiburón, la sangre – que algo raro hay detrás de una lumbalgia, unas diarreas o unos vómitos, aparentemente simples. Estos clínicos todo terreno son la espina dorsal del Sistema, pese a todas las patás en la boca de una gestión tosca e irresponsable, y un público variopinto y poco comprensivo, tantas veces.

Estos doctores son gentes a los que debemos que ya veamos con mucha menos frecuencia – hablo por mí – cetoacidosis graves, tormentas tiroideas o comas mixedematosos. Gentes a los que en verdad debemos que, en Andalucía, la ceguera por diabetes haya bajado un 14% en los últimos años – y no tanto a la retinografía de la Junta -. Gentes que solo valoraremos realmente cuando acaben de jubilarse y se intenten sustituir con esto o con lo otro.

Porque, nos les quepa la menor duda: a los que diseñan la “gestión compartida de la demanda” y a sus jefes, hasta llegar al mismo vértice – y ya sabéis de quién hablo –, no les faltará nunca un móvil con los contactos de “las mejores manos”, que babearán cuando escuchen al otro lado la voz de su amo. O de su ama. Y ahí no se comparten gestiones. Hasta la próxima.

Federico RelimpioDe  K.O.L. Líder de Opinión:

“Lo incluiría como lectura obligada a todo médico residente y animaría a cualquier persona que desee una novela bien escrita en la que no encontrarán cadáveres ni persecuciones sino una realidad que supera a la ficción“. Salvador Casado (@DoctorCasado) (picar aquí)

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