“El Editor de Libros”… Confieso que el título me atrajo como un imán. Uno no es de piedra, y hay temas y temas. Y luego ve uno el reparto: Colin Firth, Jude Law y Nicole Kidman.

Estados Unidos, Costa Este. año 29, bien conocido de todos. Un reputado editor (Colin Firth). No es cualquiera: se trata de Max Perkins, el descubridor de Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. A su mesa llega un tocho destartalado e inmisericorde. “No tiene valor, pero es único”, le dicen. Ha sido rechazado por varias editoriales. En la actualidad, no tendría ningún futuro. Pero eran otros tiempos – como se dice comúnmente -, forjados por otros hombres, y aún existían resquicios por donde se nos colaban las obras geniales.

Ese es el arranque de la película.

Hace noventa años, algunos hombres buenos y grises, como Max Perkins, se dedicaban a husmear entre tochos inmisericordes a la búsqueda del talento. Sabían que no serían recordados. Perdían su tiempo o lo invertían, no se sabe. Encontraban a locos sublimes, como Tom Wolfe (Jude Law, en la película; para mi gusto, un poco sobreactuado), capaz de quemar mil existencias antes de carbonizar la suya propia. Entre las vidas succionadas por el ego infinito del genio, la de la amante (Nicole Kidman): apasionada, desesperada, y por fin entregada al olvido.

Pero lo emocionante es la descripción del oficio de editor, que consistía – ¿y sigue consistiendo del mismo modo? – en “ofrecer buenos libros a la gente”. Descubrir a locos, desequilibrados, ególatras, capaces de levantar edificios de palabras; y luego sentar a esos arquitectos, disciplinarlos, ponerles plazos, moderarlos, obligarlos a resumir, a prescindir de lo prescindible, forzarlos a centrarse en lo esencial, y a mirar un poco a su alrededor… La crucial importancia del oficio de editor, vaya.

No diré más, que lo dicho solo es un planteamiento de partida. Os invito a ver desarrollo, nudo y desenlace. Porque creo que la crítica – en general – no le hace justicia.

De las interpretaciones, me quedo con Colin Firth, por supuesto. Tal vez porque me encanta la figura de ese Max Perkins, descubridor de celebridades, crucial y modesto, consciente de su deber de moderar al genio, y preocupado ante la posibilidad de que, al moderar, ampute partes fundamentales de una obra maestra. No le va a la zaga la amante destrozada ante el abandono (Kidman).

Max Perfkins: un hombre para un país y una época. Justamente, se ocupó de transmitir el retrato de esa época, novelado. Buscó a los genios que se encargaran de ello, y les hizo un poco de padre y de coach – como se dice en estos tiempos -. De ellos, recibió afectos y desafectos – como en la vida -. Ignoro si escribió un libro de memorias. Sería de lo más interesante. Es curioso que el título de la película en España es “El Editor de Libros”, subrayando el papel protagonista de Max. El título original es “Genius”. No sé si, en este caso, se le aplica mejor al genio descubierto o a su descubridor y moldeador, la verdad. En cualquier caso, convendrán conmigo en que una pizca nada desdeñable de genialidad hay en descubrir al genio dentro de la masa informe que aporrea las puertas de todo Editor de Libros.

Federico Relimpio

@frelimpio

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