5901 software antipánico. 5646 teléfonos. 3404 timbres de consulta. 2006 cámaras de seguridad. 1891 salidas alternativas. 1506 interfonos. 189 GPS en ambulancias. 135 timbres en estos mismos vehículos. En total, 21000 medidas de seguridad. Eso dice la Consejería de Salud de la Junta de Andalucía, tan ufana.

Andalucía, imparable – ¿se acuerdan? -, ante el imparable ascenso de la agresiones al personal sanitario. Del celador al cirujano, pasando por todas las categorías profesinales. No es problema específicamente andaluz, desde luego, aunque en Andalucía se dan ciertas peculiaridades que lo hacen más sangrante.

Son casi cuatro décadas de gestión autonómica de la Sanidad. Casi 40 años de los mismos en el poder, aquí en el sur. Los mismos modos. La misma mentalidad: una distancia sideral respecto a la base y, por tanto, una repugnancia invencible a la hora de incorporar a los profesionales – de las distintas categorías – al diagnóstico de un fenómeno nuevo: ¿por qué les ha dado a la gente por majar a palos a los sanitarios, si esta es la mejor sanidad del mundo?

La ausencia, pues, de un diagnóstico de situación nos lleva derechitos al primer párrafo: voluntarismo paternalista. A un teléfono del vapuleado cuando el trabajador ya ha sido vapuleado. O a un timbre del pánico cuando ya te supera la situación. Que no digo que sea tirar el dinero – algo habrá que hacer -, pero que se me parece un poco a un teléfono de ayuda a la mujer maltratada, para denuncia y atención. “Algo es algo, hombre; no seas negativo” – me dirán algunas compañeras, próximas al poder -.

No, oiga: si les interesa de verdad, preocúpense del porqué de las agresiones en alza – sanitarias y educativas -. Que esto es un cáncer, no una contusión, y no se trata con paños calientes y aspirinas. Como buen cáncer, exige identificar el origen, estadiaje y planificación. Cirugía sí o no, y abordaje conjunto para salvar a un paciente tan alicaído como la Sanidad Pública. Alicaído, en parte, porque los trabajadores se empiezan a largar. Y se largan porque los majan a palos.

Haciendo una síntesis simplificadora, podría proponerse que la agresión sanitaria es un modo de matar al mensajero. El que te da un mensaje desagradable, imposible de asumir para determinados esquemas mentales. Tal vez, un “bienvenido o bienvenida al mundo real: la Sanidad Pública española no es la mejor del mundo, y las esperas existen, por ejemplo. Le hicieron creer que lo arreglamos todo con una sonrisa en tiempo récord, pero lamento comunicarle que no es verdad”. Y la respuesta del susodicho no se hace esperar: “¿Cómo?” y una bofetada.

Quizás son modos de vehiculizar la frustración social por parte de ciertos energúmenos y energúmenas. Una conducta patológica de adquisición relativamente reciente, que puede mapearse y perfilarse. Un conjunto de actitudes que no se detendrán con cárcel y multa, aunque sean necesarias. Una nube tóxica que avanza y arrasa, hasta encontrarse con la enfermera, la administrativa o la residente, en el Centro de Salud, o el Área de Urgencias.

De la nube tóxica, solemos saber por los medios cuando pasa a mayores y corre la sangre, o casi. Pero ello no es sino la punta del iceberg. El grueso de las agresiones es un día a día de amenazas e insultos “menores”, que no constan en parte alguna. De portazos y puñetazos en la mesa. De aspavientos y gritos. Una serie de conductas no denunciables, pero que constituyen la parte del iceberg que subyace bajo la superficie del océano. Un océano tan gélido como la acogida que esta nube tiene a veces en los cargos intermedios: “¿estás seguro?” o “vaya, te cogió un mal día”. También te pueden salir por algo de la regla, la menopausia, el divorcio, o si te estás tomando los antidepresivos. Lo que leen. Porque, con alguna frecuencia, cuando intentas comentar esto con tus superiores, viendo estos que, al final, no te han matado ni vienes con gravísimas heridas, te estampan un: “bueno, ya pasó todo; ahora, a mejorar tus habilidades en el manejo de conflictos”. Lo que les digo. Ideología SAS: que, encima de recibir la hostia, te la mereces, por no saber reconducir un conflicto. Como lo de la mujer maltratada, vaya: el plato en la cabeza, dos hostias y culpa tuya. “Ya pasó…”. Y ahí queda todo…

Pues no pasó, oiga. Ahí se queda el tipo o la tipa, maldiciendo, a que lo visites de nuevo mañana y pasado mañana, a lo que él o ella quiera, a lo que te quiera espetar, un día y otro, creando un clima de terrorismo de baja intensidad imposible de demostrar, pero que te mete una tenaza en el cuello con la que trabajas desde que entras en tu centro hasta que sales, y más aun, que comes y duermes con ella. ¿Que exagero? Pregunten en salud laboral, cuánta agresión diaria de bajo grado hay, enmascarada como invalidez por síndrome depresivo-ansioso. No pasa; se te queda. Duermes y comes con el problema. Es un modo de vida. Como vivir en un lugar en guerra. ¿Cesa la guerra acaso cuando se van los bombarderos…?

Esta nube tóxica y abrasiva no se quita con botoncitos o teléfonos del pánico. Ni siquiera con multazos a los tipejos o tipejas. Porque la mayor parte del clima agresor no es multable ni encarcelable, y se verifica bajo el amparo de un Sistema cínico e insensible. Tan cínico, como que sale económico: el agresor o agresora terminan no pagando un euro, por insolventes, y, si al apaleado se le ocurre darse de baja por ansiedad tras la bofetada, le pagan menos. Los primeros días son sin sueldo, por ejemplo. Bien mirada, la agresión renta, dirá alguno, con toda la mala leche. En esa tesitura, para muchos, será imposible evitar pensar que ahí, al norte de los Pirineos, pagan sueldos de dos a cuatro veces más elevados.

La nube tóxica de agresión cobró forma en existencias atosigadas por desempleos crónicos o sueldos miserables. Lo frecuente en la mitad sur de España, véanlo en el mapa: con excepciones, la agresión declarada o contabilizada es mucho más frecuente en la España sur que en la norte. Aquí abajo, abundan las ansiedades transmutadas en dolencias múltiples. O dolencias reales que chocan con la capacidad de un Sistema Sanitario Público abiertamente sobrevalorado. Sobrevalorado porque, en buena medida, sus responsables se dedican a cantar sus bondades en los medios, sus últimos gritos técnicos, la incorporación inmediata de toda tecnología habida o por haber, mientras los dirigentes políticos se pavonean sonrientes, abriendo salas de tomografías de emisión de positrones o retratándose con los responsables de terapia génica.

a palos

Mire usted, no. Responsabilidad en los medios, por favor. Responsabilidad en los dirigentes políticos, desde ya. Sepan el efecto que causan sus palabras en la población. “Con la de avances que hay, que yo lo he visto en la tele…”. Frase esgrimida una vez y otra por la gente, exasperada ante su problema sin solución, con mala solución, o con solución aplazada. Cuéntales que no hay un buen arreglo para su dolencia.

Podrías intentar pinchar la nube tóxica. Pero necesitas tiempo. Un número de minutos por paciente. Palabra tabú, elemento maldito, desde hace décadas – “tienes que gestionarte mejor”, dice tu jefe -. Con un ratito, los sentaríamos y les contaríamos que es mentira, mire usted, como tantas otras cosas que dice la tele, que hay lo que hay, que ya quisiéramos nosotros. Pero no. Al menos, por Andalucía, cuatro o cinco minutos por paciente en primaria, informática incluida. Incluyendo el programita que te pregunta si estás segura que el medicamento que le vas a poner es el que acabas de poner, y no el que aconseja la Junta.

Doctor Google, “pero a mí me han dicho”, nube tóxica, a reconducirlo todo en cinco minutos, bajo la mirada de un jefe cínico – “gestiónate mejor, que no sabes” -. Misión imposible. Lo que he escrito, tantas veces: territorio comanche para el ejercicio profesional. Y con una reforma muy difícil. Sobre todo con esta escuela de gestión de RRHH. Que mala es la nacional, pero peor, mucho peor, es la de Despeñaperros para abajo, digna heredera del dicho de Alfonso Guerra: “¡no pararé hasta verlos en alpargatas!”. No, don Alfonso, ya ve usted el día a día de los médicos que tan bien le caían – no sé por qué -: unos, en zapatillas de jubilado, los jóvenes, cada vez más, maleta, C.V. y pasaporte o privada, y los de enmedio, capeando un temporal que dura ya varias décadas. El fastidiado es el pueblo al que usted una vez dijo que quería proteger, y que poco a poco ve erosionado el Sistema Sanitario “mejón del mundo”. A hostia limpia, ya se ve. Como para releer su frase con orgullo.

Tal vez, cuando se vean sin recambio profesional, lo intentarán llenar de gente del extranjero. Pero es probable que estos se vayan como vinieron, a la primera bofetada… Así que, sigan igual: 5901 software antipánico. 5646 teléfonos. 3404 timbres de consulta. 2006 cámaras de seguridad. 1891 salidas alternativas. 1506 interfonos. 189 GPS en ambulancias. 135 timbres en estos mismos vehículos. Todo, menos mejorar las condiciones de asistencia y desinflar la autopropaganda, para aliviar la presión de la nube tóxica.

Mientras, a los del botón del M.I.R., mensaje claro: existe una elevada probabilidad de que el lugar de la formación de M.I.R. sea luego el lugar – o la Comunidad Autónoma – donde desarrolles tu trabajo de sénior. Elige con seso, no con el corazón. Por lo menos, que sea un lugar donde no majen a hostias a gente como tú. Te adjunto el mapa de las agresiones, una vez más. Si te pegan, luego, no te quejes. Ahora puedes decidir.

Federico Relimpio

 

 

 

K.O.L. Líder de Opinión: “Un libro que debería ser de obligada lectura para todos los estudiantes de Medicina y para los médicos residentes” @FernandoFabiani. Pica aquí

@frelimpio

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