Los MIR de Granada tienen razón. Tanta, que en este post no cabe. Y no de ahora, sino desde hace décadas. Que lo que a ellos les pasa, ya lo sufrí en mis carnes. Carne de perro, por otra parte.

Recapitulamos, y vamos por partes, que no nos entendemos. Los MIR de Granada en huelga. Que las urgencias es un puteo. Sepamos por qué. Porque la chavala lleva poco meses en esto, son las cuatro y veinte de la mañana, y ni idea de qué hacer con la abuela, oiga. Ni con su mujer o con su padre. Y no se enfade usted, señora, es que la doctora es una aprendiza, oiga; aprendiza de primer año, y la han largado ahí, a bregar solita con el problema. Con su problema. Con el problema de su padre.

Y no tiene ni idea porque es aprendiza, oiga, que así son todos los aprendizajes en la vida, inseguridad y meter la pata, las primeras veces.

Y ahí voy.

Que su padre no está para meter la pata. Que tiene ochenta y ocho – un poner -, memoria viva de la guerra. Y no te digo del hambre. Una edad, oiga. Una edad y todo el derecho. El derecho a que se le trate con dignidad. A que sepamos si hay que hacer algo o no. Si esto es algo de importancia o no. O si se trata solo que le llegó su hora, y se trata de aliviarle sufrimientos a la criatura.

Cuestiones que no son de aprendiza, oiga. Son de médica curtida. O de médico. Que lo que importa es el cuero, que esté bien curtido. Que ni su papá, ni usted están para bromas. Ni la chavala que les atiende. Que son las cuatro y veinte, y ahí tiene esperando dos más, o tres, o cuatro. Y alguno  de ellos puede morirse en la espera.

No, oiga. Las urgencias no son precisamente para aprendices. O, si lo son, pero para curtirse. Pero, mientras tanto, intentar no meter la pata.

Pero en muchos lugares lo hicimos todo al revés, oiga. Pusimos a los aprendices a curtirse a las bravas, a base de meteduras de pata. Meteduras de pata que se fueron derechitos para el otro barrio. O que dejaron lesiones graves–gravísimas. Lo que les digo.

Pero todo evoluciona, en esta vida; nada permanece igual. Las cosas empiezan a cambiar cuando una va al juez y planta una denuncia por una metedura de pata que le costó la vida a la madre de una. Y el juez va y le da la razón: la aprendiza tiene pena de cárcel – que no cumplirá – y pena de inhabilitación profesional – que le destrozará la vida a la joven galena -. Justamente, es esto último lo que viene cambiando el panorama. Es el viejísimo aserto: castiga a uno, y espanta a ciento.

Volvemos al segundo párrafo, madre de todas la verdades: “la chavala lleva meses en esto, son las cuatro y veinte de la mañana, y ni idea de qué hacer con la abuela, oiga. Ni con su mujer o con su padre. Y no se enfade usted, señora, es que la doctora es aprendiza, oiga, aprendiza de primer año, y la han largado ahí, a bregar con el problema. Con su problema. Con el problema de su padre.”

Que siempre fue así. Y siempre mal hecho. Que así es como se aprende. Y así es como se aprende mal, de modo imprudente. Que yo mismo lo hice. Y yo mismo fui imprudente, tantas veces.

Hoy, todos los MIR de España tienen razones más que sobradas para hacer una huelga similar a los granadinos. Para exigir lo mismo: que nadie – NADIE – les puede obligar a distinguir entre un estreñimiento crónico y una disección de la aorta abdominal a las cuatro y veinte de la madrugada. Que hacerlo es contrario a toda ética.

Y que, por encima de cualquier consideración, lo que se dirime con esto no es un problema laboral, ni docente. Que se trata de un problema de seguridad, pura y simplemente, de desmontar mecanismos no escritos que perpetúan funcionamientos que ponen en riesgo su vida y la de sus seres queridos, cuando acude al servicio de Urgencias de un Hospital General del Sistema Nacional de Salud.

Federico RelimpioDe  K.O.L. Líder de Opinión:

“Lo incluiría como lectura obligada a todo médico residente y animaría a cualquier persona que desee una novela bien escrita en la que no encontrarán cadáveres ni persecuciones sino una realidad que supera a la ficción“. Salvador Casado (@DoctorCasado) (picar aquí)

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