“La Peste”, y vamos al grano. Obvio lo del acento sevillano – que no andaluz -, que está discutido en otras partes.

“La Peste” triunfa en llevarnos de bruces y sin vaselina a la Sevilla del siglo XVI para demostrarnos, no que cualquier tiempo pasado fue peor, sino que nos sería directamente insoportable, que moriríamos en los diez primeros minutos. Y eso que la pantalla no transmite los olores. Para los interesados en aproximarse a aquel mundo, les sugiero las curtidurías de la Medina de Fez, por poner un ejemplo.

De repente, un universo de calles estrellas, amazacotadas, repletas de un gentío que viste harapos y miradas hostiles, un laberinto de callejas que nos recuerdan que hace no tanto fuimos una favela llena de meninos da rua, esa miríada de huérfanos que la pobreza deja y que solo acoge la calle, la suciedad y la compañía de otros como ellos. apestados Ahora se nos antojan realidades insoslayables los “Niños comiendo fruta”, de Murillo, y otros cuadros de nuestro genial pintor, sacando belleza de donde hoy veríamos miseria.

No vemos apenas el tópico: el sol y el naranjo. Se nos escamotea la luz del sur para empujarnos a la oscuridad, casi constantemente. Se nos recuerda que, hace nada, la noche era noche, y era negra como la boca del lobo. Que la luz eléctrica es de ayer por la mañana y que nuestros antepasados dormían de noche, forzosamente, porque todo quedaba a oscuras. Que la ciudad se convertía en algo siniestro y peligroso, poblado por cuchillos cachicuernos que primero buscaban tus carnes, y muerto tú, tu bolsa. De día incluso, los interiores son oscuros, iluminados por escasos candiles.

Se nos recuerda, del mismo modo, que la higiene de la que disfrutamos hoy, el jabón, el champú, la ducha y la peluquería eran algo desconocido para nuestros antepasados. El desfile de personajes, hombres y mujeres, presentan cara y manos mugrientas, cabellos grasientos, un aspecto de higiene no infrecuente o desatendida, sino simplemente inexistente. No había con qué. No había el concepto o la necesidad.

Me impresiona la ferocidad del mundo de las chabolas de extramuros. Son los apartados, y casi llega hasta nuestros días. Esos cañizos infames donde inevitablemente se inicia la enfermedad que da título a la serie albergan a familias enteras que consumen allá sus existencias. Ahí morirán sin remedio sobre pisos terrizos, junto al río, entre suciedad y ratas, los primeros enfermos, conformando un espectáculo dantesco. Tanto más dantesco cuanto que es actual. Las chabolas llegaron a la Sevilla contemporánea – ¿quién no recuerda el Charco de la Pava o el extenso terreno donde ahora están las Tres Mil? El mismo Vacie tiene mucho de lo mismo. Y peor, mucho peor, lo podemos ver en los documentales de África o Asia. Hoy mismo -.

La historia avanza con lentitud, eso sí. En ello, me recuerda a “La Isla Mínima”. Bien por el traslado de mundo y época, pero mejorable el ritmo. Me da la impresión de que es del gusto del realizador prolongar en exceso algunos planos, y otros, simplemente sobran. Tarda en aparecer la trama criminal – lo que verdaderamente engancha – y, cuando lo hace, lo hará a pasitos dando esto de aquí y aquello de allá. Me pregunto si, a la hora de exportarse, qué pensarán otros de estos detalles. Porque, de lo escrito más arriba, cabe deducir que soy un apasionado del retrato social y antropológico de otras épocas – en eso, la serie un diez -, pero otras gentes de otros lugares pueden no estar tan interesadas en esas cuestiones, y pedir a Alberto que le dé un poco más de dinamismo. Menos documental y más thriller.

No quiero dejarlo sin dar un toque de atención a la música. Desmerece. Creo que no está a la altura, y es un elemento clave para realzar los momentos solemnes, tristes o, simplemente, para recuperar la atención del espectador, si se estaba perdiendo.

Resumen: hay guión y hay realizador. Hay actores, fotografía, montaje y puesta en escena. Hay saber hacer, presupuesto y ganas. Hay profesionalidad. España es mayor de edad y se mira de tú a tú con otras naciones. Tiene mucho que decir y mucha historia – ¡por fin! -. Por eso se le puede exigir. Porque, en el futuro, estos magníficos profesionales – y otros que vendrán – nos ofrecerán las luces y las sombras de una historia que, con demasiada frecuencia ha estado eclipsada en la pantalla por las películas de vaqueros y gangsters. Y, dentro de muy poco, el 500 aniversario de la caída de Tenochtitlán – México. Y, después, el centenario de Annual / Monte Arruit. Ahí lo dejo. A ver quién le echa ganas.

Federico Relimpio

 

 

 

@frelimpio

 

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